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Un café literario y el refugio del día agitado

La modalidad del café literario no es nueva en la Argentina. Sí era propia de las grandes ciudades: un escape del ajetreo de la vida de las metrópolis, un espacio para encontrarse, beber una infusión caliente, charlar con un amigo y tomar entre las manos un buen libro. Ahora, todo eso está a la vuelta de la esquina, aquí en Trenque Lauquen.

Gladiolo es una oferta audaz que viene a sumar a la opción cultural urbana, con todas las particularidades del café literario tal como lo conocemos en Buenos Aires se ofrece como ese refugio de media tarde en la ciudad de las avenidas, en una vieja casona de la calle Cuello frente a la estación del Ferrocarril, en donde su propietario Gustavo Dogliolo recreó un ambiente que no por ser cultural y de las letras se convierte en lúgubre, por el contrario es luminoso y abrazador.

Esta atmósfera se crea desde las paredes con obras fantásticas de Pedro Cuevas o un –hasta ahora- desconocido artista plástico local, Juan Carlos Dogliolo, cuyas creaciones de los 60 y 70 se exhiben allí de manera permanente. También desde el mobiliario, con muebles de época, de diseño y otros antiguos de estilo provenzal y sillas Boston, y la vajilla a la que Dogliolo le otorga un lugar preponderante. Es sommelier de té y barista, y habla con la misma pasión sobre las hebras del té, como sobre la poesía de José Lezama Lima

Gustavo está de regreso en Trenque Lauquen. Hace 25 años se fue persiguiendo el sueño de la Universidad de Letras y las vueltas de la vida lo sacaron de las aulas para trabajar en el rubro de la seguridad laboral. Pero su pasión son los libros, y por eso a los 45 años unió amor y trabajo. Así nació Gladiolo, hace poco más de dos meses. Su apellido y el rubro comercial en Trenque Lauquen ya estaban asociados. Su bisabuelo, Carlos, fue el propietario de un almacén de ramos generales en la esquina de Dorrego y Alsina, un cuadro en blanco y negro lo recuerda.

Cae la tarde. Es otoño gris en Trenque Lauquen y de a poco comienzan a ingresar vecinos al local, a tomar lugar en los asientos. El lugar está distribuido en distintos ambientes, con diferentes tonalidades de luz, cuadros y muebles. Todos transmiten la sensación de tranquilidad, relajación, comodidad, música instrumental que acompaña y no aturde, y espacios no invasivos. Cada mesa puede ser un mundo en sí mismo, con un libro, un café y una porción de pastelería artesanal, de las manos de la madre del propietario, todo aquí queda en familia.

“Esta era una idea de hace muchos años, y cuando decidí volver a Trenque Lauquen, entendí que era el momento de hacerlo”, dice Gustavo a OESTE BA en una de las mesas frente a un gran ventanal que da a un patio en el que busca recrear sobre un paredón la postal de caminito en el barrio porteño de La Boca.

“La pasión del arte y la literatura me acompañó siempre, por eso pensé en Gladiolo; un café y un libro porque el libro es una compañía esencial para todas las personas”.

 

El Lobo Estepario

A este flamante empresario de la gastronomía, la pasión por la literatura le explotó en las manos. Recuerda hoy que fue en Buenos Aires, durante un viaje en el subte D, en la Estación Facultad de Medicina “en esos días estaba en una crisis existencial muy profunda, vivía solo en Buenos Aires y estaba mal en ese momento, al lado mío venía una persona leyendo, me asomé y me gustó lo que decía la tapa del libro. Fui a comprarlo y me cambió la vida, era El Lobo Estepario de Hermann Hesse”.

A lo largo de la charla periodística, hará recurrentes referencias a ese libro “era un autor serio de espíritu joven y es un libro con sabiduría y filosofía. Luego leí toda su obra y no paré más de leer”.

Gladiolo es un café, no es un restó ni un bar. El centro de gravedad son los libros, pero no es excluyente dice el entrevistado que destaca la heterogeneidad de su público, “vienen desde chicos a tomar la leche, hasta personas adultas. Es un lugar para encontrarse, mirarse a los ojos y hablar”.

También quiere quitarle el estatus de sagrado a los libros. “Es importante que tiene que estar desacralizado, sacarlos del lugar formal, los libros son buenas historias, son necesarios porque cuentan historias y hablan de las personas, no hay que pontificarlos, nos tienen que acompañar todos los días, nos hablan. Leer salva, a mí me salvó la vida”.

Actividades culturales

Gladiolo además es una opción cultural en la ciudad, incipiente pero con mucha fortaleza. Está el “Azul de miércoles” en el que se encuentran una veintena de vecinos amantes de las letras “leemos la profesora Alicia París y yo, y la periodista Daniela Arripe coordina. Conversamos, charlamos sobre las historias que leímos. Los últimos encuentros fueron sobre Pezoa y Benedetti”. También se dicta allí un taller literario, a cargo de la profesora Carolina Trinchieri “para obtener recursos para mejorar lo que tenemos escrito o para empezar, es una gran profesora que aporta cosas muy importantes”.

Los libros disponibles se pueden leer en el salón, donde una planilla recuerda el autor, el título y la página en la que se detuvo la lectura para que al regreso se retome desde allí, pero también se prestan para leer en casa.

-Si alguien te pide un café y quiere que le recomiendes un libro, ¿cuál le traes?

-Hay que escuchar, cuáles son las ideas que trae en la cabeza, qué cosas le está pasando y aquí hay una literatura muy amplia, no hay best seller sino libros con una historia profunda y reveladora, el acto de leer es sencillo. Si quiere leer poesía quizás algo de César Vallejo o José Lezama Lima, que juegan mucho con el lenguaje y el símbolo; y si se tratara de novelas Demian (Hesse), Crimen y Castigo (Dostoievsky), El Lobo Estepario (Hesse) o En la Línea de Sombras de (Joseph Conrad). Son libros que te van a hacer una caricia al alma, y al intelecto.

¿La mesa de Borges?

Antes de emprender su regreso a Trenque Lauquen, Dogliolo realizó un viaje a Europa donde visitó bares y lugares culturales que inspiraron parte de la decoración del suyo, aunque sostiene que el estilo del local es único.

Gran parte del mobiliario lo consiguió en mercados de pulgas y en el buceo permanente de antigüedades y cuestiones culturales. Una de las mesas, en la primera de las salas, perteneció a la confitería La Biela, donde artistas como Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges o Julio Cortazar, pasaban sus horas. “Me gusta pensar la idea que Borges estuvo en esa mesa” dice Dogliolo y cierra la nota.

 

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