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La historia de las pirámides de América

La leyenda de Jauja tiene más de 500 años. Nació con los conquistadores españoles que agregaron esa palabra a las descripción fantástica de los valles peruanos que habían hallado y alimentaron así la imaginación de un mundo mágico, fabuloso, paradisíaco, de maravilla “con el que soñaban las princesas”. Esa denominación se usó de manera contemporánea para señalar un lugar de encanto.

El médico peruano Víctor Orellana nació en el pueblo de Jauja, en Perú, e imaginó en sus días de infancia su propio mundo fantástico. Moldeó esas imágenes mientras recorría 7 kilómetros a pie en un camino tallado en la montaña para concurrir a clases de la escuela primaria. Ese lugar de ensueño tenía nombre: América, en el distrito de Rivadavia.

Claro que por aquellos años de infancia dura no lo sabía. Ni siquiera imaginaba que su vida terminaría entrelazada con la pampa húmeda bonaerense. Pero sí le daba pinceladas a ese paisaje mágico de la llanura en la que se erigían unas pirámides de estilo incaico, la cultura predecesora de su nación. Esas construcciones las levantó aquí en nuestra región y vivió en ellas. Se trató de una edificación única que hasta la prensa nacional se fijó en ellas. Arquitectos, ingenieros e historiadores desfilaron para conocerla y un libro de la escritora Esther Cross le dedicó un capítulo. Allí nació la denominación del habitante de las pirámides.

Pero antes de las pirámides Orellana era un estudiante de Medicina en Buenos Aires, Argentina, muy lejos de su Perú natal. Llegó para estudiar en un país con la educación libre, laica y gratuita un bien que no encontraba en Perú y que agradece eternamente. Hoy tiene 85 años, está jubilado y reside en Bariloche, aunque alterna con Buenos Aires donde viven sus hijos, desde donde habla con este diario.

Su historia

Orellana llegó en 1953 a estudiar Medicina “me admiraba las escuelas que había en este país de techo de tejas rojas, algo maravilloso que en otros países de América Latina no se veía”. Se recibió rápido y comenzó a trabajar en un hospital de Ramos Mejía y tenía una oferta académica para dictar clases en la Universidad de Buenos Aires, pero un llamado desde América, partido de Rivadavia, cambió todo.

A los 26 años se radicó en nuestra región, era el año 1960, un 17 de julio. “Como todos los comienzos fueron difíciles pero si uno tiene vocación y voluntad y decisión de ponerse al servicio de la población las cosas se pueden lograr. Muy rápido me fue bien, la gente me apoyó desde el comienzo”. Se casó a los 42 años con Noemí Dufur con quien tuvo dos hijos, Víctor Tupac Amaru y Lourdes, que son abogados y residen en Buenos Aires. Sus hijos no siguieron el camino de la medicina “ellos vieron que nunca terminé un almuerzo o un cumpleaños siempre anduvimos corriendo en urgencias” le dijo a OESTE BA.

Orellana es un agradecido a América que le permitió desarrollarse “tuve mucha suerte. La economía me fue bien”, incursionó  en la producción agropecuaria con éxito, al punto tal que trajo a la Argentina a dos hermanos que también se recibieron de médicos y dos sobrinos que se volvieron con el título de ingeniero y arquitecto.

El señor de las pirámides

“Todo ser humano lleva dentro  un reconocimiento a las raíces, un lazo invisible hacia los ancestros” dice este médico de 85 años y esa es la razón que encuentra para explicar el por qué de la famosa construcción a la vera de la ruta 33.

“Vi la posibilidad de hacer un reconocimiento a los Incas que fue una cultura tan destacada en el mundo, que conocieron la ingeniería, la agricultura y hasta la escritura. Yo viví en el campo y he visto que se han construido palacetes italianos, canchas de polo, casas de estilo francés y otras obras que reivindican a sus raíces, entonces por qué yo no podía hacer lo mismo. Decidí hacer dos construcciones, una pirámide al sol y otra a la luna, con un fuerte diseño en el interior”.

“Tenían altos y bajos relieves. A mi me gusta el arte, todo el interior estaba decorado con estilos pre incaicos, tenía vidrios de color que daban al frente de la ruta que con la luz producían un efecto que impactaban en el espíritu y un sol de color amarillo que ponían a todos los ámbitos de ese color que hacían resaltar el color de las paredes, se sentía una sensación muy particular que te trasladaba al pasado”.

El mismo hizo los planos y dirigió la obra. Contrató a un albañil de la ciudad y le dio las indicaciones para la construcción “se obtuvo un resultado increíble” dice hoy.

Son dos pirámides unidas por un túnel, con subsuelos y un oratorio “que era muy profundo” que fue el lugar que invadió el agua en la época de las inundaciones en el noroeste bonaerense “y ya no la pudimos detener”.

Los Orellana vivían en ese lugar, era su casa “hasta las inundaciones, resistimos un poco, compramos una bomba para deprimir las napas y secar los niveles superiores, pero nada podía impedir el agua en aquel entonces”.

Así, la famosa construcción que había salido en las revistas y que era la inspiración de arquitectos e ingenieros pasó al olvido. En 1986 el agua hizo estragos en nuestra región. Borró caminos, construcciones, inundó campos y también sucumbió la construcción de estilo incaico que nunca más se pudo recuperar. Años más tarde el médico vendió los terrenos con una cláusula que impide la demolición y hasta hubo un intento de restauración, según dijo, pero ya no prosperó.

El paraíso

Con lo recaudado con la venta de esos lotes se compró una casa en Bariloche, como era su sueño de joven. “Es el lugar mas bello que para mí existe, es algo extraordinario y fabuloso los glaciares, las lagunas color azul esmeralda donde flotan los témpanos, yo lo conocí de muy joven y siempre dije que cuando me retirara me radicaría acá”.

Pero América es su lugar en el mundo “la tierra que me da cobijo que me acepta como un hijo más y me da todas las oportunidades y pone a mi disposición todo lo que hicieron otros hombres es mi lugar. Hay lazos invisibles que nos une a los lugares donde pudimos realizarnos, ese pueblo forma parte de uno, de la identificación de uno mismo. Cuando fui a Europa me decían que no parecía argentino, entonces les decía que me hagan una biopsia del corazón y lo sabrán. A América lo llevo en el corazón”.

Hay un poema de Rafael Obligado, dice Orellana, “que lo hice mío y que lo dice todo: ‘Yo que en el pago he vivido, donde ese gaucho ha cantado, que el pampero ha respirado, que al payador ha nutrido. Beso este suelo querido, que a mis caricias se entrega, mientras de orgullo me anega, la convicción de que es mía, la patria de Echeverría. La tierra de Santos Vega’”.