Actualidad

Nuestros pueblos, nuestras historias

 

El camino de tierra que separa la ruta 70 de San Mauricio es como un portal mágico. No puedo menos que pensar en el camino de regreso durante esos pocos kilómetros hasta la cinta asfáltica, hasta la modernidad, la suerte de las poblaciones y sus tesoros casi escondidos. San Mauricio está en el partido de Rivadavia y es casi un pueblo fantasma, fue el sueño de unos inmigrantes italianos que quisieron hacer allí la cabecera del distrito y hoy la estación de trenes se cae a pedazos, de la Iglesia quedan pocas cosas en pie, al igual que la majestuosa mansión de los Duva.

Es la misma sensación, son los mismos pensamientos, que me invaden en el viaje de regreso por los polvorientos caminos hasta llegar a la ruta 33 cuando regreso de Victorino de la Plaza, un sueño también de inmigrantes y estancieros, un lugar pleno de vida de ferroviarios y chacareros hace 50 años, pero que hoy se debate entre la soledad y el abandono, con sólo dos familias que ocupan los espacios que quedaron en pie.

Los clubes se quedaron en silencio, las iglesias cerraron y las escuelas dejaron atrás sus días de bullicio y juego para hacerle lugar a la soledad y desolación, como la enorme construcción colonial en Fortín Dezha entre Trenque Lauquen y Garré, un viejo casco de estancia que fue una escuela y donde hubo un club y viviendas de colonos. Hoy no hay nada, al igual que en Graciarena, en el partido de Salliqueló o en Pehuelches partido de Tres Lomas.

Así seguimos la recorrida por poblaciones en vías de subsistencia como Villa Sena, La Porteña, o Casey (Guaminí) y otras que luchan por sus orígenes y quieren seguir de pie como Sundblad o Mira Pampa.

Durante estos 5 meses, durante las 20 ediciones del suplemento fuimos a la búsqueda de historias jamás contadas, de la identidad de los pueblos que marcaron el progreso de esta región, con el tren con sus servicios y a retratar el presente de abandono y soledad en muchos casos y de esfuerzo para sobrevivir en otros.

En todas esas poblaciones quedan historias, personajes que hicieron grande el lugar, que tuvieron sueños de progreso y pujanza y sucumbieron en esta realidad de pueblos desaparecidos o en vías de extinción en el noroeste bonaerense.

Nuestro reconocimiento a aquellos que vinieron a hacer la américa en lugares que no prosperaron, a los que apostaron por su lugar, a los ferroviarios, herreros, carniceros, maestros, los que apostaron por el desarrollo en aquellos lugares que eran inhóspitos para la época y sus sueños quedaron allí enterrados bajo capas de años de olvido, es darle lugar en estas páginas; contar sus historias que son las que hicieron nuestra identidad como habitantes de esta región. Esas historias que nos imponen construir un presente que no deje de mirar lo que se hizo y sobre ello edificar el futuro para que todos los pueblos sigan respirando y nunca detengan la línea de tiempo, de su propia historia.