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Por una cabeza: Pellegrini cuna de campeones

Los caballos de carrera son una pasión argentina desde hace más de un siglo, y si bien hoy sus adeptos manejan un léxico casi único y codificado, hasta la mitad del siglo pasado fue el evento deportivo más popular en nuestro país que reunía a miles de personas de distintos extractos sociales detrás del vértigo de la velocidad de los pura sangre. Los caballos célebres eran retratados en posters que se colgaban en las habitaciones de los más chicos, como hoy lo hacen con las imágenes de las estrellas del fútbol.

Si bien el fútbol le quitó ese estatus de deporte más popular en Argentina, que puede comprobarse con canciones como “Bajo Belgrano” o “Por una cabeza” de Carlos Gardel de las décadas del ’20 y ’30 respectivamente, el movimiento del “turf” continuó y continúa con gran afición a lo largo de los años. La historia que vamos a contar aquí, la situamos en el distrito de Pellegrini, a 50 kilómetros de Trenque Lauquen que fue ¿y es? cuna de campeones de este deporte pero de una manera muy destacada que lo llevó a reinar en el ambiente durante varios segmentos entre la década del 70 y nuestros días.

Hay algunas palabras que se irán repitiendo a lo largo de los relatos que unimos para contar esta historia. Entre ellas suerte o pasión, son conceptos genéricos que ubican en el plano de lo no explicable por qué este distrito de la provincia de Buenos Aires, uno de los más chicos en términos demográficos fue una fábrica de campeones del turf entre los que se destacan “Chupito” en la década del 70; “Engrillado” en los ’90 y “Soy Carambolo” en 2010 aproximadamente, marcando cada 20 años una presencia fuerte, a la que se le sumaron “Dr. Ciro”, “Basko Pintón” y “El Rosador”, todos ejemplares que escribieron varias páginas de gloria en los hipódromos de élite y sobre los que los medios nacionales y la prensa especializada dedicó varias publicaciones.

Jorge Curuchet es veterinario aunque está jubilado. De todas maneras se da una vuelta por el comercio todas las tardes y allí recibe a este diario. Se sienta debajo de un cuadro en acuarela que retrata un caballo. Para nosotros son todos iguales, pero no para los entendidos. “Este es Engrillado” dice, “le pusimos ese nombre por la banda blanca en su mano derecha, era única porque las marcas blancas suelen ser verticales”. En otra pared, un marco grande contiene todos recortes del diario Clarín dedicados a su caballo, y luego abrirá una carpeta con todas las publicaciones que le dedicaron los diarios y revistas de la época, casi como si fuera Messi.

A Curuchet le apasiona el mundo hípico. Desde muy chico en su Madero natal concurría a ver las denominadas carreras cuadreras, pero nunca imaginó que llegaría a jugar en primera, y su llegada fue azarosa.  “Fue una pasión hasta que un día nos tocó la varita mágica. Esto no es matemática, Maradona ni Messi tuvieron hermanos como él, es genética y a veces sale y a veces no”. Junto a su socio recientemente fallecido, hace varios años compraron una yegua en 200 dólares, que tuvo un potrillo que fue pródigo.

Valdivieso fue el jockey que lo corrió durante su corta carrera en los hipódromos. “Debutó un 17 de octubre de 1990 en San Isidro y ganó”. El animal fue una máquina de ganar y hacer dinero “nosotros no teníamos experiencia, de pronto cobrábamos premios en dólares, salíamos en la prensa nacional y querían comprarlo de distintos lugares del mundo”, le dijo a OESTE BA.

“Es sólo suerte, nos tocó a nosotros” dice Curuchet que señala que en aquellos años los premios se pagaban bien y él compró departamento y cambió autos gracias al caballo. Cuando ya no pudo seguir corriendo se vendió para reproducción y dos de sus hijos fueron múltiple campeones. Uno se llamó “Dr. Ciro” también de Curuchet y asociados que se vendió finalmente a un país asiático. El otro hijo fue Basko Pintón que también se colocó entre los mejores del país.

“Ganar esos premios es algo único. Hay Haras de 100 años con mucha inversión económica que nunca ganaron un premio Carlos Pellegrini y nosotros lo logramos”. Curuchet recuerda que desde Pellegrini salieron colectivos para presenciar una carrera en Buenos Aires y cuando regresaron ganadores al pueblo, la gente los esperaba en la ruta, como hoy ocurre con los deportistas del interior. “Fue una linda historia” dice con nostalgia. “Es suerte y es una pasión, hay gente que le gusta el fútbol y viaja a ver los equipos y compra revistas de deporte, a nosotros nos gustan los caballos”.

Lo de suerte lo repite José “Tito” Chávez. Es un cuidador de caballos, segunda generación de un apellido que es sinónimo equino en Pellegrini. Se saca la gorra que la sostiene con la mano izquierda, y con la derecha bate el cabello hacia adelante y hacia atrás. Toma aire y con una mueca de la boca hacia la derecha sostiene “esto es suerte, hay personas muy afortunadas como Alberto Dómine que tuvo caballos ganadores”.

Chávez infla el pecho cuando recuerda que allí criaron y amansaron a “Soy Carambolo” un caballo que hizo historia en los hipódromos y en tiempos 2.0 hasta tiene una página de Facebook que le hizo un fanático para subir fotos y videos.

“Llegó con 6 meses, lo tuvimos hasta los dos años, lo domamos, le hicimos el entrenamiento, le costó soltar la furia, cuando se soltó fue una máquina”, dice Chávez que sostiene la pava de aluminio con dos dedos y la inclina sobre el mate que le gusta tomar amargo. “No sé por qué salieron tantos caballos de Pellegrini, debe ser el agua…” bromea y destaca que los propietarios de los grandes ejemplares pellegrinenses eran “de clase trabajadora” y el deporte les permitió progresar.

El origen

Quizás la historia más épica en este sentido, es la del caballo “Chupito” en la década del 70 y fue quien abrió un camino de gloria para el turf en el vecino distrito. Cuenta la historia que el caballo nació en el Haras Los Muchachos de Pellegrini propiedad del empresario Vicente Patané y que lo regaló de potrillo a uno de sus empleados Bernabé Paz “El Chufa”, un hombre humilde y bonachón que a través de una sociedad logró llevarlo a correr a Buenos Aires y fue un acontecimiento histórico.

La historia también dice que ganó carreras en Argentina, Uruguay y Brasil, y cuando se destinó a la reproducción sus hijos no tuvieron trascendencia por lo que fue luego llevado a un campo de San Antonio de Areco donde murió como parte de una tropilla.

Un hombre afortunado

Pero el hombre afortunado, dice Tito Chávez, es Alberto Dómine que actualmente está radicado en Buenos Aires, cerca de los caballos. Es un ex empleado bancario, jubilado, que fue propietario de “Soy Carambolo”, y tuvo participación en “Dr. Ciro”, “Basko Pintón” y “El Rosador”.

“Se fue soltando de a poco, y nos da la alegría de ganar la carrera cumbre de América que es el gran premio Carlos Pellegrini, es un sueño hecho realidad. Es algo soñado que muy pocos ganan”, dijo del otro lado del teléfono.

“El Jockey Club hace entrega de los premios Carlos Pellegrini que es como el Martín Fierro del espectáculo y Soy Carambolo ganó en todas las ternas y se consagró como el caballo del año fue una satisfacción enorme porque es lo máximo que se puede pedir fue en el 2014 y fue el reconocimiento a la campaña 2013”, recuerda hoy.

Pellegrini, dice, es “una tierra muy generosa para los caballos. Salen caballos sobrenaturales. Podes buscar todas las causas, pero esto es suerte y el gran entusiasmo de su gente. A la suerte también hay que acompañarla”.

Para demostrar el entusiasmo del pueblo con los caballos, recordó que “muchas gente conoció Buenos Aires gracias a Engrillado; la gente iba a ver el caballo del pueblo alguien que lo representa, en una comunidad chica la gente siempre busca algo de qué agarrarse” y más tarde con Soy Carambolo también despertó el fervor popular.

De los grandes premios que generan la mayor atención se encuentran El Nacional que es una de las carreras de la denominada triple corona que corren sólo caballos de 3 años, que no pueden volver a correrla al año siguiente, es emblemático y difícil. Lo ganaron Dr. Ciro y Basko Pintón y el icónico premio Carlos Pellegrini lo ganaron Chupito y Soy Carambolo, una hazaña con pocos antecedentes para un pueblo chico que escribe con letras mayúsculas en la rica historia hípica nacional.