El silencio de los inocentes

Por Dardo Lambertt En una sociedad signada por la violencia, que nos muestra todos sus rostros: infantil, de género, policial, social, institucional, económico; tomar la punta del ovillo y tirar hacia atrás implica interpelarnos y ventilar todas las aristas de un análisis que puede no hacernos sentir cómodos, porque todos…

Por Dardo Lambertt

En una sociedad signada por la violencia, que nos muestra todos sus rostros: infantil, de género, policial, social, institucional, económico; tomar la punta del ovillo y tirar hacia atrás implica interpelarnos y ventilar todas las aristas de un análisis que puede no hacernos sentir cómodos, porque todos somos parte de este colectivo social fragmentado y que nos estalla en las manos ante las miradas inmóviles.

Este lunes 18 se realizará en Trenque Lauquen una movilización en pedido de justicia bajo la consigna “basta de muertes sin sentido”.

Lo singular de esta convocatoria es que se mencionan casos que a priori pueden parecer disímiles: víctimas de la inseguridad, la violencia social y hasta del tránsito. Todas tienen como correlato, quizás, la falta de empatía; la violencia y la estigmatización a la que muchas veces sometemos los problemas que decimos son de los otros y no nuestros. Son de los chicos, son de los jóvenes, son de las mujeres, son de los pobres, siempre cerramos el círculo más allá.

Está claro que vivimos en una ciudad chica y pararnos frente a debates tan estructurales y transversales nos incomodan. Pero las muertes recientes colocan el tema en una agenda urgente que no podemos solapar bajo la consigna de la “violencia del mundo moderno” y frases análogas que nos hacen sentirnos más aliviados.

La movilización de la sociedad civil, de los vecinos, rompe con el silencio de los inocentes y nos aturde con un grito visible y omnipresente. Es aquí, es hoy, es ahora y es acá en Trenque Lauquen.

La más reciente es la muerte de Tomás Mirabelli, un pibe de 17 años. El más chico de 4 hermanos de una familia humilde del barrio Fonavi. La ciudad siempre es grande cuando uno nace en un barrio chico. Fue alumno de la escuela 5 y la 46, pero saltó del secundario. Como muchísimos pibes de su edad, la contención no la encuentran en las aulas. Sus sueños eran de redes y pescados. Dicen que era un apasionado de la pesca, navegaba en búsqueda de pejerreyes, pescaba ilusiones y esperanzas que le dieran una oportunidad en esta vida.

El “sapo” o “sapito” tenía una novia y una sonrisa que era contagiosa. Quería tener su propia lancha, quería tener un mañana promisorio pero la muerte fría lo encontró en las vías del Ferrocarril. Una muerte absurda, evitable. No estaba preparado para morir. ¿Quién está preparado para morir a los 17 años?

Como el apellido Mirabelli también está el apellido Morel o González, por mencionar algunos de los casos más resonantes del último año en la ciudad. Gente joven, con mucha energía.

Adrián Maya fue encontrado muerto hace casi 5 años. Fue el 25 de octubre de 2016 en el barrio Indio Trompa. Sus asesinos, se cree fueron 3, le robaron dinero que tenía ahorrado y terminaron con su vida. No hay detenidos, ni sospechosos. La causa es un gran pantano oscuro.

Adrián tenía 36 años, practicaba taekwondo y hacía rutinas de gimnasio. El forense dijo que se defendió como un león. Trabajaba 24 por 24. Era delivery de noche y atendía una gomería de día. Disfrutaba de la actividad física tanto como del juego del ajedrez que había comenzado a disputar de manera virtual.

Su familia dice que era un tipo feliz, que estaba ahorrando para comprarse la casa que llevaba años alquilando en el Indio Trompa. Alguien entró esa noche. La lluvia despojó a la gente de la calle, pocos transitaban a esa hora. Se cree que alguien hizo correr el dato que tenía ahorros y pertenencias, y lo asesinaron a sangre fría por ese magro botín que se llevó una vida joven, otra de las tantas muertes evitables.

Son sólo dos casos de una nómina, pero le ponemos nombre, apellido y rostros para sacarlos de la estadística fría y humanizar la problemática.

Hablemos de una  sociedad más humanizada y una violencia menos mediatizada; un rol que cumplimos mal los periodistas. Hay que dar este debate sin reparos en las circunstancias y en quiénes son los muertos y quiénes son los matadores porque si no nos perdemos en un laberinto sin sentido. Lo del 24 es un evento político social que pone en superficie un tema que hasta hoy habíamos decido sumergirlo para no verlo.

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