No son bromas: amenazas de tiroteos, armas en casas y una violencia que ya entró a la escuela

El juez de faltas Gastón La Menza advierte que no se trata de simples bromas, sino de un fenómeno que involucra riesgos reales y subculturas digitales que glorifican la violencia.

Por Gastón La Menza
Abogado. Juez de Faltas de la Municipalidad de Pellegrini.

La escena se repite en distintos puntos del país. Mensajes escritos en baños, chats que circulan entre estudiantes, capturas que generan miedo y protocolos que se activan de urgencia. Lo que hasta hace poco parecía lejano, hoy golpea de cerca. Las amenazas de tiroteos en escuelas ya no son casos aislados, y la preocupación crece entre familias, docentes y autoridades.
En las últimas semanas, se registraron episodios en distintas provincias como Córdoba, Mendoza, Jujuy, Entre Ríos y la provincia de Buenos Aires, con situaciones que encendieron alarmas en localidades cercanas como 30 de Agosto. En muchos de estos casos, las amenazas aparecieron escritas en baños escolares, lo que llevó a activar operativos de seguridad y a investigar un posible vínculo con un reto viral difundido en redes como TikTok.
Pero hay hechos que van más allá de una “broma” o un desafío digital. Uno de los casos más graves ocurrió en Rancul, La Pampa, donde un alumno de 13 años amenazó con “matar a tiros” a docentes y directivos. La situación derivó en una intervención judicial inmediata. Por orden del juez Diego Ambrogetti, se realizaron allanamientos en domicilios vinculados a la familia del menor. En la casa del padre, la policía encontró una importante cantidad de armas de fuego y municiones sin documentación legal. El dato es alarmante, la amenaza no era solo un mensaje. Había capacidad real de daño.
Detrás de estos episodios aparece un fenómeno poco conocido pero cada vez más influyente, la True Crime Community (TCC). Este término, que originalmente describía contenidos sobre crímenes reales, hoy refiere también a una subcultura digital global donde algunos sectores no solo analizan hechos violentos, sino que los glorifican e incluso los imitan.
El punto de quiebre histórico suele ubicarse en la Masacre de Columbine, un hecho que marcó un antes y un después en la forma en que ciertos grupos comenzaron a construir narrativas alrededor de los perpetradores.
Hoy, con la expansión de redes sociales, estos espacios se multiplicaron. Allí circulan videos, memes, archivos violentos y discursos que pueden influir especialmente en adolescentes en situación de vulnerabilidad emocional.
El caso reciente de San Cristóbal, en Santa Fe, donde un adolescente de 15 años ingresó con una escopeta a una escuela y asesinó a un compañero de 13 años, expuso con crudeza esta realidad. En ese contexto, ya se había advertido públicamente, en el Programa de televisión de Guillermo Adino por TV Pública, sobre un posible “efecto repetidor” cuando un hecho de alto impacto no solo conmociona, sino que también inspira imitaciones. Hoy, esa advertencia empieza a materializarse.
Cada amenaza, cada mensaje en una pared, cada arma que aparece en un entorno escolar no solo genera miedo, rompe una idea básica. La escuela como espacio seguro. El problema es aún más grave cuando adultos —familiares ó incluso instituciones— minimizan estas situaciones. Pensar que “es un chiste”, “una exageración” o “cosas de chicos” puede ser el error más peligroso. Porque estamos frente a un riesgo potencial real.
Las investigaciones en curso intentan determinar cuánto de estas amenazas responde a un reto viral y cuánto a situaciones individuales más profundas. Pero más allá del origen, el efecto es el mismo: miedo, incertidumbre y una comunidad educativa en alerta. Lo que está pasando en las escuelas argentinas no es un fenómeno aislado ni pasajero. Es el síntoma de algo más profundo.
En mi libro “S.O.S. Ciudad”, se plantea justamente esto. La necesidad de repensar cómo convivimos en entornos atravesados por la tecnología, donde lo digital no es un complemento, sino parte central de la vida cotidiana. Las amenazas, las subculturas violentas y los desafíos virales no nacen en la escuela, pero sí impactan de lleno en ella. Y si no se entienden a tiempo, pueden tener consecuencias irreversibles.

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