Natalia Saavedra convirtió las vidrieras en su gran lienzo y encontró, después de años de dudas, la forma de vivir de aquello que siempre la apasionó
La artista Natalia Saavedra despliega su arte hoy por distintas superficies del espacio público de Trenque Lauquen y deja su marca a lo largo y a lo ancho de la ciudad. Durante años estudió, experimentó, pintó y aprendió en silencio. Hoy sus obras aparecen en las vidrieras de comercios, sobre los vidrios de automóviles, en murales, pizarras y cuadros que comienzan a hacerse conocidos bajo un nombre que despierta curiosidad: Otra Oveja Rosa.
No fue un nombre elegido al azar. «Yo no soy igual al resto, pero tampoco me considero una oveja negra», explica en una entrevista con FM Tiempo 91.5 mientras cuenta el origen de una marca que terminó convirtiéndose en una declaración de principios. La oveja representa para ella la idea de ser discípula, de seguir un camino; el color rosa, en cambio, remite a la creatividad, la sensibilidad, el afecto y la originalidad. Es, dice, una manera de resumir quién es.
La historia de Natalia está atravesada por el arte desde siempre. Aunque las circunstancias de la vida no le permitieron estudiar formalmente Bellas Artes, nunca abandonó la búsqueda. Se formó como profesora de pintura decorativa, tomó cursos, aprendió nuevas técnicas y durante la pandemia encontró en la virtualidad una posibilidad inesperada para continuar capacitándose.
«Jamás dejo de estudiar», afirma. La curiosidad parece ser uno de los motores de su trabajo. Sin embargo, el mayor obstáculo nunca fue técnico. Durante mucho tiempo el verdadero desafío consistió en vencer el miedo a exponerse.
Como ocurre con muchos artistas, el talento convivía con la inseguridad. Pintaba, diseñaba, creaba, pero no terminaba de mostrar lo que hacía. Hasta que un día decidió que era momento de cambiar.
«Quiero trabajar de aquello para lo que estudié tantos años», recuerda que se dijo a sí misma. Ese fue el punto de partida. Desde entonces las vidrieras comenzaron a transformarse en su espacio favorito.
Mientras otros artistas trabajan puertas adentro, Natalia disfruta el contacto permanente con la gente. Le gusta escuchar los comentarios de quienes pasan caminando, conversar con comerciantes, recibir sugerencias e incluso observar cómo los curiosos se detienen unos minutos para mirar el avance de cada dibujo.
«Soy muy social. Me encanta hablar con la gente», reconoce entre risas. Esa relación directa con el público terminó convirtiéndose en una parte esencial de su trabajo.
Cada comercio representa un desafío distinto. Antes de tomar un pincel piensa la identidad del lugar, imagina qué historia puede contar esa vidriera y desarrolla un boceto que después adapta junto al cliente. Hay quienes prefieren decidir cada detalle y otros que simplemente le dicen una frase que disfruta especialmente escuchar: «Hacé lo que quieras”.
Entonces aparecen las ideas. Empanadas compartiendo un mate, escenas navideñas, personajes, paisajes o enormes pelotas de fútbol invadiendo una carnicería durante el Mundial. Todo pensado para atraer miradas y convertir una simple vidriera en una experiencia.
LOS AUTOS MUNDIALISTAS
No se limita únicamente a los comercios. También comenzó a intervenir automóviles con pinturas removibles, una propuesta poco habitual que despertó curiosidad en la ciudad. La experiencia surgió casi como un experimento.
«Si el auto también es vidrio, ¿por qué no?», pensó. Probó sobre el suyo y comprobó que la pintura resistía el frío, las heladas y luego desaparecía fácilmente con agua.
A partir de allí empezaron a llegar nuevos pedidos. La pasión mundialista terminó de darle visibilidad. Mientras decoraba negocios con banderas, camisetas y referencias futboleras, las redes sociales hicieron el resto. Un video mostrando una de sus intervenciones alcanzó una repercusión inesperada y le abrió puertas que hasta ese momento parecían lejanas.
Natalia reconoce que comprender el funcionamiento de las plataformas digitales también forma parte del aprendizaje. Se define como integrante de una «generación bisagra», obligada a adaptarse a un mundo donde la presencia en internet resulta indispensable para cualquier emprendimiento. Por eso decidió rodearse de personas que la ayudaran a potenciar esa faceta. Sabe que hoy el talento necesita también comunicación.
Detrás del crecimiento aparece otro rasgo constante: el apoyo familiar. Su esposo fue quien durante años insistió para que mostrara sus trabajos. Su hermana, vinculada al mundo del emprendedurismo femenino, también se convirtió en un respaldo permanente. «Vos tenés que hacerlo», recuerda que le repetían. Con el tiempo entendió que tenían razón.
Hoy imagina un proyecto mucho más amplio que la pintura sobre vidrio. Sueña con desarrollar una línea de productos propios utilizando sus ilustraciones: vasos, fundas para celulares, accesorios y objetos de diseño que lleven la identidad de Otra Oveja Rosa. También quiere organizar talleres para mujeres, niños y todas aquellas personas que deseen descubrir el mundo artístico sin miedo a equivocarse.
No piensa en una producción en serie. Prefiere conservar aquello que considera el verdadero valor de su trabajo: que cada pieza sea única.
En una época donde la inteligencia artificial, las impresiones masivas y los diseños digitales parecen uniformarlo todo, Natalia apuesta por lo artesanal. Por el trazo hecho a mano. Por la conversación espontánea con quien se detiene frente a una vidriera. Quizá por eso eligió llamarse Otra Oveja Rosa, una manera de reconocer su identidad detrás de cada obra.
Natalia Saavedra: la artista que eligió pintar la ciudad
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