Casi 40 años de vida religiosa: la historia de la hermana Irma Rabasa

De visita en Trenque Lauquen, cuenta su historia junto a los pobres y marginados en países de Africa sumidos en guerras civiles, pobreza y desolación. Ahora vive en Italia y siempre extraña nuestra ciudad.

Nacida en Trenque Lauquen, hace casi cuatro décadas que integra la congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, fundada por Don Orione. Vivió y trabajó en Costa de Marfil y en Togo, y desde hace una década reside en Roma, donde forma parte del Consejo General de su congregación y está a cargo de las misiones en África. De visita en la ciudad para ver a su familia y participar de una asamblea de su orden, dialogó con OESTEBA sobre su vocación, sus recuerdos del Papa Francisco y su vínculo con el padre Pedro Traveset.
La hermana Irma Rabasa llegó esta vez a la Argentina por dos motivos: visitar a su familia y participar de una asamblea de verificación de la congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad —conocidas popularmente como “las hermanas de Don Orione”—, que reunió en el país a unas 20 religiosas de la provincia que integran Argentina, Chile, Perú, Paraguay y Uruguay. “Es para ver un poco cómo va la congregación de Don Orione en la Argentina”, explicó.
El nombre completo de la congregación —pequeñas hermanas misioneras de la caridad— es poco conocido: la orden lleva popularmente el nombre de su fundador, el sacerdote italiano Luis Orione, oriundo del Piamonte, que la creó en 1915. “Todas dicen hermanas de Don Orione, porque nadie las conoce por el otro nombre”, contó entre risas.
Rabasa hizo su profesión religiosa en 1989 y sus votos perpetuos en 1994. Desde entonces sumó treinta y siete años de vida consagrada, que la llevaron mucho más lejos de lo que imaginaba cuando decidió sumarse a una congregación misionera. Vivió 14 años en Costa de Marfil, regresó brevemente a la Argentina tras la muerte de su madre, pasó un año en Togo y en 2014 se instaló definitivamente en Roma. Desde 2017 integra el Consejo General de la congregación, un cargo que ejerce en mandatos de seis años —está cumpliendo el segundo— y que la tiene a cargo, especialmente, de las misiones en África. “Nunca pensé que me iba a ir tan lejos. Cuando busqué una congregación misionera, lo que me imaginaba no era salir del país”, reconoció.
Su tarea actual combina la gestión con el trabajo territorial: viaja con frecuencia a Costa de Marfil, la misión que ella misma ayudó a fundar y donde conoce a cada una de las hermanas desde el inicio, y también recorre otras realidades de la congregación, de Brasil a Polonia. En Burkina Faso, contó, las hermanas sostienen una escuela de costura y alfabetización para adolescentes que no pueden asistir a clases porque la prioridad escolar allí es para los varones. “Hay chicas que a los diecisiete ya tienen un hijo”, relató, y recordó el caso de una alumna embarazada que caminaba 11 kilómetros por día para llegar a la escuela: gracias a una gestión propia, un sacerdote conocido de la familia terminó pagando diez bicicletas para esa misión.
Consultada sobre las vocaciones religiosas, fue directa: “Con el tiempo hay menos, hay menos jóvenes en la Iglesia. Las familias tienen menos hijos, la gente va menos a misa, y bueno, hay menos vocaciones”. Un fenómeno, dijo, que se nota tanto en la Argentina como en Italia y el resto de Europa.
SUS RECUERDOS DEL PAPA FRANCISCO
Instalada en Roma desde 2014, la hermana Rabasa atravesó buena parte del pontificado de Francisco, a quien conocía desde mucho antes de que fuera elegido Papa. Se ordenó votos perpetuos el mismo año, 1994, en que Jorge Bergoglio era obispo auxiliar en Buenos Aires, y lo trató personalmente cuando él, siendo maestro de novicios jesuita, visitaba el Cotolengo Don Orione de Claypole. Con el correr de los años, además, las hermanas visitaban junto a él hospitales porteños, entre ellos uno en la zona de Santo Yanni. “Como nos conocía, varias veces lo pude saludar. Estuve charlando con él, no, pero saludarlo sí”, recordó.
De la elección de Bergoglio como Papa, en 2013, se enteró casi por casualidad, con varios días de diferencia por las condiciones de aislamiento, pobreza y marginación que viven los países africanos: “Me llamó una hermana y me dijo que el Papa era argentino. La verdad que no le creí para nada”, contó.
Rabasa estaba en Roma cuando Francisco murió y asistió a su funeral. “Estuvimos al fondo, con otras madres, y después salimos cuando llevaban el ataúd hacia la basílica de Santa María la Mayor. Ahí pudimos ver el cortejo. Fue muy emocionante”, relató. “La gente lo quería mucho.”
Sobre su legado, no dudó en calificarlo de “bastante revolucionario”. Destacó especialmente su cercanía con los pobres —recordó las duchas que mandó instalar en el Vaticano, adonde a diario se acercan cerca de cien personas en situación de calle para higienizarse— y su impulso a la presencia de las mujeres dentro de la Iglesia. “Darles de comer y ofrecerles un baño ya es promoverlos un poco, que se sientan más dignos”, reflexionó. Contó, además, que junto a otras religiosas había preparado un trabajo sobre los puntos en común entre Francisco y Don Orione, dos figuras que coincidían en su sensibilidad hacia los más necesitados.
También valoró el modo en que Francisco simplificó el funcionamiento interno de la Iglesia, un ámbito que —dijo— conservaba todavía formas de una “corte” de otra época. “Los dicasterios quedaron todos en el mismo nivel, y a él no le gustaba tanto protocolo. Es cierto que algunas cosas son tradiciones con un valor, y otras son solamente costumbres, porque siempre se hicieron así y nadie las quiere cambiar”, sintetizó, y agregó que el actual pontífice, León, mantiene ese rumbo.
EL RECUERDO DEL PADRE PEDRO TRAVESET
La charla con la hermana Rabasa, oriunda de Trenque Lauquen, no podía dejar afuera a otra figura religiosa ligada a la ciudad y a su propia familia: el padre Pedro Traveset, sobre quien existe en la actualidad una iniciativa local para impulsar su causa de canonización. “Sí, me lo dio el padre Juan, unas estampitas. Se las di a mi hermano”, contó, al ser consultada por ese proceso.
El vínculo familiar con el sacerdote es antiguo: su padre dictaba catecismo junto al padre Pedro, quien además bautizó a uno de sus hermanos menores. “Fue muy significativo para mi papá. Uno ve la foto y ya se emociona”, dijo la religiosa.
Entre los recuerdos familiares eligió compartir uno protagonizado por su hermano Juan, alejado por entonces de la práctica religiosa. Durante un viaje como mochilero, sin demasiado dinero encima, Juan pasó por 9 de Julio y se encontró con el padre Pedro, que lo invitó a cenar con lo poco que tenía: un pedazo de pan y un pedazo de queso. “Le dio tan buen ejemplo que el padre viviera así, en la pobreza, que mi hermano siempre decía: este padre vive la pobreza”, recordó, y remarcó que se trata de una anécdota poco conocida.
Para la hermana Rabasa, esa vida de sencillez y confianza —la misma que reconoce en su propia congregación, formada en la espiritualidad de Don Orione y de San José Benito Cotolengo— tiene un nombre: providencia. “El Señor provee. A la gente no le va a faltar lo necesario. No vamos a ser ricos, no vamos a vivir holgados, pero esa es una parte de nuestra fe: una fe que es confianza, y que Dios provee”, definió.
TRENQUE LAUQUEN, SIEMPRE PRESENTE
Aunque su vida religiosa la llevó por Costa de Marfil, Togo, Italia y buena parte del mundo, la hermana Rabasa no deja de identificarse con su ciudad natal. “Donde sea que esté, cuando me preguntan dónde nací, yo digo Trenque Lauquen. Por ahí nadie sabe dónde queda, pero bueno, uno pone Argentina y después Provincia de Buenos Aires”, contó. Aquí están enterrados sus padres y un hermano, y aquí, dijo, vuelve siempre que puede: “Trenque Lauquen es muy importante para mí”.

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