Lidia Acosta, la mirada detrás de la fotografía

Lidia Acosta se formó como fotógrafa de manera autodidacta, aprendió a hacer videos casi sin darse cuenta y hoy retrata bodas, egresados y campañas de empresas de Trenque Lauquen. Además, trabaja como creadora de contenido para empresas. La evolución de su obra, y una pasión sin límites.

Lidia Acosta llega al estudio de FM TIEMPO 91.5 con los nervios a flor de piel, aunque después, entre risas, va a reconocer que la pasó bien. Es fotógrafa desde hace años, aunque ella prefiere no hablar en esos términos, sino reducirlo a “trabajo de eso”. Sin embargo, la evolución de su obra es evidente, de un hobby que se convirtió en una expresión artística y trabajo de fotografía social.
Como la mayoría de los grandes amores, el suyo con la fotografía empezó sin pedir permiso. “Siempre me gustó la fotografía, los paisajes. Yo miraba a través de la fotografía”, cuenta, y recuerda esos primeros años en los que sacaba fotos por el simple placer de mirar distinto. El salto a lo profesional llegó de la mano de una amiga que le pidió, sin compromiso ni presión, unas fotos para su hija. Ahí entendió que ese “hobby” tenía otro potencial. Empezaron entonces los cursos, los viajes a Buenos Aires —“me salía bastante costoso: el hotel, el curso, la máquina”— y la búsqueda constante de talleres cortos, intensivos, que le permitieran capacitarse sin resignar demasiados días de su otro trabajo.
La pandemia, que a tantos oficios les complicó la vida, a Lidia le abrió una puerta. “Después de la pandemia cambió todo para bien, en ese sentido. La virtualidad. Ahí arrancó mi mundo”, dice. Sin necesidad de viajar, pudo sumar cursos y especializarse en la fotografía social: retratos, eventos, quinceañeras, casamientos. Y de ahí a otro rubro que no imaginaba: las empresas empezaron a llamarla para hacer fotos de producto, y terminó metida, casi sin darse cuenta, en el mundo de las redes sociales como community manager. “Yo sin seguidores, sin subir nada, digo: ¿qué voy a mostrar?”, se ríe. Aun así, lleva tres empresas de rubros distintos y clientes conformes desde hace tiempo.
En algún momento la frontera entre la fotografía y el video se le empezó a disolver entre las manos. Primero fueron los videítos caseros de las entradas en las fiestas de 15, después una formación específica en video, y hoy ya no concibe un trabajo sin ambos lenguajes. “Estamos en la etapa del video, es más que la fotografía. En los últimos años ha crecido muchísimo”, asegura. Bodas, cumpleaños, inauguraciones institucionales: casi no hay evento en el que no le pidan las dos cosas.
Hay un tema que atraviesa toda la charla y que Lidia no elude: la cámara de los celulares, cada vez más potente, le disputa terreno al oficio. Cuenta, entre resignada y sorprendida, la anécdota de una foto para el banner de una fiesta de 15: entre varias opciones tomadas con su equipo profesional, la elegida terminó siendo una sacada con un iPhone, y salió perfecta. “Los celulares tienen una calidad de imagen muy alta hoy”, aunque enseguida aclara la diferencia: el fotógrafo confía en la “máquina y puede configurar manualmente cada parámetro —la luz, el enfoque, la escena— cuando la situación lo exige.
Esa competencia también cambió las reglas del negocio: antes, un cumpleaños infantil casi siempre incluía un fotógrafo contratado; hoy, muchas veces alcanza con el celular de la madre. “Tiene que ser más grande la fiesta” para que la llamen, resume.
EL TRABAJO EN LA NOCHE
El trabajo de un evento, dice Lidia, no termina cuando se apaga la cámara. Después viene la selección y la edición de las imágenes, una tarea que puede llevar tanto o más tiempo que la propia cobertura. También hay clientes de todo tipo: los que piden retoques puntuales “haceme más flaca”, “sacame este lunar”— y los que no se fijan en nada. Y están las noches largas, las adolescentes tímidas que hay que persuadir para que se suelten frente a la cámara, y los festejos que, por el contrario, se le pasan volando de puro entretenidos.
Si algo desea Lidia para el futuro es simple y, a la vez, ambicioso: poder dedicarse de lleno a la fotografía y contar con un estudio propio, sin tener que armar y desarmar telones, flashes y trípodes cada vez que llega un cliente. Por ahora, los ingresos del oficio no son suficientes para sostener un local todo el año, y ella misma reconoce que “no es tan conocida”. Pero no deja de capacitarse, de viajar a congresos de fotografía, de salir a caminar por Buenos Aires con la cámara al hombro o de guardar en el celular esas imágenes fugaces del campo, la laguna o la niebla de Trenque Lauquen que después, con más calma, va a buscar retratar con su equipo.

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