Martín Mola: el llamado de la tierra

Hace más de una década decidió correrse del ritmo de la ciudad para instalarse en una quinta de las afueras de Trenque Lauquen.

Martín Mola nació en el campo, en un establecimiento cercano al penal de Las Tunas, donde su familia tenía un tambo. “Me gustó, fue algo que uno lo lleva adentro”, cuenta, y recuerda que a los 18 o 20 años tuvo que mudarse a la ciudad junto a su familia. Allí se formó como maestro mayor de obra y trabajó durante años en la construcción. Pero el campo, la huerta, nunca dejaron de tirarle.
El quiebre llegó hace 10 o 12 años, cuando dos amigos, Juan Carlos Domínguez y Alida, lo invitaron a su quinta para aprender y poner manos a la obra. “Eso fue como la bisagra”, recuerda. “Ahí pude empezar a tomar el rumbo de lo que yo realmente quería, aunque seguí con la obra, pero siempre iba continuamente para allá.”
VERDURAS SIN INVERNADERO NI AGROQUÍMICOS
Sus primeros pasos como huertero fueron en el llamado sector quintas de la zona norte, en las afueras de la ciudad, una zona pensada justamente para alejar las quintas de las fumigaciones del campo convencional. Aun así, Mola señala que las derivas de productos volátiles siguen siendo un problema difícil de resolver: “Por ahí los vientos y algún aplicador no demasiado responsable pueden generar problemas que después es muy difícil comprobar”.
Desde el principio tuvo claro qué tipo de alimento quería producir: sano, nutritivo, sin químicos ni agroquímicos, y también sin invernaderos. “No me gusta la idea de producir bajo plástico. Prefiero todo lo que es más natural, que las plantas tengan contacto con el sol, con la lluvia, con la luna”, explica. Reconoce que la producción bajo cobertura gana en protección contra el frío y en volumen, “pero se pierde por otros lados, en la calidad del alimento”.
LA AGRICULTURA NATURAL
En ese camino, Mola encontró referentes que terminarían de darle forma a su filosofía de trabajo. Uno de ellos, dice, fue el japonés Masanobu Fukuoka, creador de la llamada agricultura natural. “Uno de sus lemas era la cultura del no hacer, que mucha gente malinterpretaba como no hacer nada, pero en realidad es acompañar los procesos naturales”, explica.
Fukuoka era microbiólogo, recuerda Mola, y desde esa base se dedicó a entender cómo se inicia el proceso de nutrición del suelo para que las plantas prosperen. “En lugar de tratar de cultivar plantas, hay que cultivar el suelo primero. Después la tierra misma se va a cargar de llevar adelante el proceso.” La mínima intervención es la idea central: al comienzo hace falta laborear y abonar, pero con el tiempo el ecosistema se regenera solo, “de una manera muy mágica”, dice, siempre que no se intente acelerar los tiempos naturales.
Esa paciencia la aprendió en carne propia. Cuando llegó al lugar donde produce actualmente (3 hectáreas al sur de la ruta 5 zona de amortiguamiento), se encontró con un campo pelado, castigado por años de agricultura convencional. “Un suelo con muy poca vida”, describe. “Cuando se empieza en un lugar así, lleva mínimo cinco años hasta que empezás a ver de a poquito una reacción.”
Hoy Mola cultiva la mayor diversidad posible de hortalizas: acelga, lechuga, puerro, verdeo, perejil, escarola, borraja y pak choy, entre otras. “Cuanto más diversidad tenés dentro de una huerta, mejor va a funcionar todo ese ecosistema. Se favorece a sí mismo”, explica.
Vende su producción de manera particular, a quienes se acercan hasta su quinta, y durante muchos años llevó sus verduras a la Feria Ecofines, que nació como un proyecto del Plan Fines impulsado por un grupo de alumnos. Mola fue uno de sus primeros y más convencidos impulsores: “Había mucho miedo de qué iba a pasar, si iba a resultar, y yo ya estaba vendiendo algo. Les decía: acá hay mucho mercado, hay una necesidad de huertas, de verduras frescas”.
Esa demanda, sostiene, no ha dejado de crecer, de la mano de un cambio de conciencia sobre la alimentación. “Mucha gente hoy come verduras orgánicas y naturales. La alimentación es una parte importante, pero también tiene que ver con toda una forma de vida: la actividad física, el contacto con el sol, con la tierra, una vida tranquila, sin tanto estrés.”
UNA CASA DE ADOBE, BOTELLAS Y SIN ELECTRICIDAD
El estilo de vida de Martín Mola no se agota en la huerta. Junto a otros dos amigos consiguió un pedazo de tierra cerca de la planta urbana y allí construyó, con sus propias manos, una casa de adobe con botellas de vidrio usadas a modo de ladrillo. Tiene forma de octógono, un solo ambiente, y varias particularidades que la vuelven, cuanto menos, poco convencional.
“Mi idea era vivir de la manera más simple y armónica con la naturaleza”, cuenta durante la entrevista con FM Tiempo 91.5. Por eso dejó el piso de tierra sin revestimiento, no tiene conexión eléctrica —se ilumina con pequeños paneles solares que cargan una batería y alimentan luces LED— y prescindió de instalaciones de agua, gas y cloacas: usa un baño seco, que no requiere pozo ciego ni cañerías. Tampoco hay electrodomésticos en la vivienda. “¿Heladera tampoco tenés? ¿Cómo hacés?”, le suelen preguntar. Dejó de comer carne hace algo más de cuatro años, cocina para el momento y rescata formas de conservación de alimentos de la época de sus abuelos, como los fermentados. “El chucrut, por ejemplo, que se hace con repollo”, ejemplifica.
Para calefaccionarse y cocinar usa una cocina a leña construida con la plancha y la puertita de horno de una cocina económica antigua, más ladrillo y adobe. Las paredes de su casa tienen 32 centímetros de espesor: “Es uno de los mejores aislantes térmicos que hay. El aire que queda dentro de la botella de vidrio también es aislante, y eso hace que sea muy buen aislante tanto para el invierno como para el verano”. Reconoce, de todos modos, que no es un estilo de vida para cualquiera: “Tenés que tener un poco una historia anterior. Por ahí se puede hacer dura la forma de vida: en invierno hace bastante frío”.

EL GALLINERO
Aunque no come carnes, sí come quesos duros y semiduros, y huevos de sus propias gallinas. También tiene dos yeguas que pastorean su terreno y un gallinero móvil: ambos animales van abonando la tierra a su paso, en un manejo integrado del ecosistema.
Consultado sobre si su forma de producir recupera prácticas de sus abuelos, Mola matiza: valora ese saber ancestral, pero cree que también hay que sumar conocimientos nuevos. Así llegó, después de la agricultura natural de Fukuoka y de la permacultura, a interesarse por la agricultura sintrópica, la corriente que hoy más lo entusiasma.
“Es una forma de agarrar un lugar, un ecosistema, y plantar y sembrar en alta densidad y en mucha diversidad: árboles, arbustos, distintos estratos, todo en un mismo lugar”, explica. La lógica imita a un bosque no intervenido por el hombre: “Funciona todo perfecto sin que nadie riegue, sin que nadie cuide las plantas; el ciclo se va regulando solo”.
Ese es, para él, el corazón de la sintropía: un sistema donde los organismos colaboran entre sí y generan cada vez más diversidad, vida y fertilidad, con resultados productivos que, asegura, pueden verse en apenas tres a cinco años. “Y no solo alimentos, también madera para la construcción de casas. Hay una infinidad de cosas que nos da la tierra. No hay muchos secretos: hay que ir a la tierra. A veces no escuchamos el llamado.”
EL DESAFÍO DE LAS HORMIGAS
No todo es armonía sin esfuerzo. Mola cuenta, con humor, su batalla pendiente con las hormigas, que le han impedido hasta ahora sostener cultivos como la sandía o la frutilla. De los cerca de 40 frutales que plantó al llegar al predio, apenas quedan dos o tres en pie. Sin embargo, se resiste a intervenir con productos: “La hormiga es un ser vivo que está por algo dentro del ecosistema”, sostiene, convencido de que, con tiempo, el sistema encontrará su propio equilibrio.
Martín Mola no está en redes sociales. “Acepto que la tecnología ha traído muchas cosas buenas, pero también tengo mi resistencia”, admite. Quienes quieran sus hortalizas pueden contactarlo por teléfono o WhatsApp al 48 27 07, o directamente acercarse a conocer su predio: él mismo se ofrece a mostrarlo. Un predio que, a pesar de este tiempo, admite no tiene nombre aún.
NOTA Y FOTOS DE FM TIEMPO Y OESTEBA

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