Librería Di Pi: el comercio que resiste el paso del tiempo en Trenque Lauquen

Desde julio de 1970, la librería y bazar Di Pi forma parte del paisaje comercial del centro de la ciudad.

Desde julio de 1970, la librería y bazar Di Pi forma parte del paisaje comercial del centro de la ciudad. Fundado por Vicente Di Pietro y su esposa, Haydeé Álvarez, el negocio atravesó distintas épocas económicas, transformaciones en los hábitos de consumo y cambios tecnológicos. Hoy, Roberto Di Pietro continúa al frente del local, con la intención de sostener una historia que es también parte de su propia vida.
Abrir la puerta de Librería Di Pi es abrir un libro de historia. Parte de los muebles se encuentran ubicados de la misma manera que hace 56 años. Algunos de los artículos en góndolas ya son pieza de museo en otros lugares y sólo se pueden comprar por plataformas y a coleccionistas. El paso del tiempo es incontrastable y la atmósfera de un Trenque Lauquen que ya no es, se respira desde el inicio.
Al fondo del salón Roberto espera con luz tenue en una mañana de lluvias en la ciudad. El local que supo tener la cartelería electrónica colgante en el frente que nos dejaba maravillados cuando éramos niños, hoy es una postal sombría como una foto en blanco y negro, en un mundo de colores. El tiempo, el ritmo, el ruido, todo se detiene allí dentro.
Di Pi ya no es un comercio, es una pieza de museo para conservar y cuidar, y de la charla con su propietario se desprende que no busca vender ni tener réditos, sino conservar este hilo del tiempo que lo une a Trenque Lauquen y su historia.
Ubicado en pleno centro, el local abrió sus puertas en julio de 1970, cuando Vicente Di Pietro decidió iniciar una nueva etapa laboral luego de dejar su trabajo en el frigorífico Indio Pampa. La propiedad pertenecía a su familia y allí encontró el lugar para poner en marcha un emprendimiento que, con el paso de los años, se convertiría en una referencia comercial.
Durante los primeros cuatro años, Vicente estuvo al frente del negocio junto a un empleado. Después se incorporó su esposa, y entre ambos sostuvieron la actividad familiar. Roberto, que hoy tiene 66 años, recuerda aquellos comienzos y una época en la que el movimiento comercial era muy diferente al actual.
“En las fiestas de fin de año y para Reyes se llenaba hasta la vereda”, cuenta al recordar los días de mayor actividad en una charla con este diario. El local tenía entonces una dinámica intensa, con clientes que llegaban en busca de artículos para el hogar, regalos y productos de librería. En las jornadas de mayor demanda, los tres integrantes de la familia necesitaban la ayuda de otra persona para atender a todos.
La variedad de mercadería era una de las características del negocio. Di Pi funcionaba como bazar, librería y juguetería, con una oferta que respondía a las necesidades de las familias de la ciudad y de quienes llegaban desde la zona rural.
“Venía gente de campo, compraba cosas y se iba”, recuerda Roberto. También eran clientes instituciones y vecinos de distintos ámbitos de la comunidad. En aquellos años, los regalos de fin de año ocupaban un lugar importante en las costumbres y el comercio tenía un movimiento que hoy parece lejano.
UNA VIDA ENTRE MOSTRADORES
Roberto comenzó a trabajar en el negocio familiar entre 1992 y 1993. Su padre continuó durante algunos años, mientras él fue asumiendo progresivamente las tareas cotidianas. Después de la muerte de sus padres, quedó al frente del local y desde entonces mantuvo una continuidad que ya suma alrededor de tres décadas de trabajo personal.
Su historia está estrechamente ligada a ese espacio. De chico conoció los primeros años del comercio y, con el tiempo, pasó a ser quien debía tomar las decisiones, reponer mercadería, atender a los clientes y encontrar la manera de sostener la actividad.
En estos 56 años, Di Pi atravesó distintas crisis económicas que dejaron su marca. Roberto recuerda especialmente las dificultades provocadas por la hiperinflación, la crisis de 2001 y los períodos posteriores, en los que el consumo perdió dinamismo y la recuperación nunca terminó de consolidarse. “Las crisis económicas, eso es lo peor. Pasamos todas”, resume.
Los cambios también llegaron desde el propio mercado. Durante la década del 90, el ingreso masivo de productos importados, la proliferación de los comercios de “Todos X2 pesos” modificaron las condiciones de competencia.
Di Pi había construido parte de su identidad a partir de productos de calidad, pero competir exclusivamente por precio se volvió cada vez más difícil.
La juguetería dejó de funcionar hacia fines de los años 90. La venta de libros de texto también había perdido espacio tiempo antes, cuando las escuelas comenzaron a exigir ejemplares de determinadas editoriales y el negocio dejó de trabajar con ese rubro. Durante un período continuaron ofreciendo novelas, cuentos infantiles y libros para pintar, hasta que esa actividad también fue reduciéndose.
La librería y el bazar fueron adaptándose a las nuevas circunstancias, con una oferta más acotada y centrada en los artículos que todavía tienen salida.
DEL CRISTAL TALLADO A LOS PAGOS CON EL CELULAR
Recorrer Di Pi también permite asomarse a una transformación en las costumbres domésticas. Hubo un tiempo en que la cristalería ocupaba un lugar destacado dentro de la oferta comercial. Los vasos y otros artículos de cristal tallado, muchos provenientes de Santa Fe, eran productos buscados para equipar las casas o realizar regalos.
Ese mercado se fue achicando con el cierre de fábricas, el encarecimiento de los productos y la aparición de alternativas más económicas. “Ahora la gente no busca ni siquiera el cristal tallado. Busca un vaso y listo”, observa Roberto.
La misma lógica se repite con otros artículos del hogar. Hoy, el comerciante procura reponer mercadería en función de lo que efectivamente se vende. Mantener productos durante mucho tiempo sin salida representa un costo difícil de afrontar en un contexto de ventas irregulares.
Aun así, el local conserva su orientación hacia los artículos de bazar y algunos productos de calidad. Roberto menciona, por ejemplo, las pavas de acero de fabricación nacional que volvió a incorporar, aunque reconoce que los precios representan un obstáculo para muchos compradores.
El paso del tiempo también modificó la manera de cobrar. Las antiguas operaciones con tarjetas requerían cupones, resúmenes y trámites en diferentes entidades bancarias. Hoy, los pagos electrónicos y las herramientas digitales forman parte de la rutina del comercio.
Roberto se adaptó a esos cambios. La tecnología simplificó algunos procedimientos y permitió reemplazar tareas que antes demandaban tiempo y gestiones presenciales. Sin embargo, esa modernización convive con otra realidad: la creciente competencia de las ventas por internet y de emprendimientos que comercializan productos sin mantener un local abierto al público.
LA DECISIÓN DE SEGUIR
¿Por qué mantener abierto un comercio después de 56 años, en un escenario en el que las ventas ya no son las de antes?
La respuesta de Roberto combina cuestiones prácticas con un vínculo afectivo que atraviesa toda su historia. El hecho de que el inmueble sea propio, sin tener que afrontar un alquiler comercial, es una condición importante para sostener la actividad. En una ubicación céntrica, explica, pagar una renta sería un costo difícil de afrontar.
Pero hay algo más. Cerrar Di Pi significaría poner punto final a una historia iniciada por su padre y continuada por él durante buena parte de su vida.
“Es la historia”, reconoce durante la charla. Y en esa breve respuesta aparece una de las claves para entender por qué el negocio continúa levantando sus persianas.
Roberto no desconoce las dificultades. Habla de los impuestos, las tarifas de los servicios y los gastos que implica mantener un establecimiento abierto. Tampoco ignora que los hábitos de consumo cambiaron y que las nuevas generaciones encuentran otras formas de comprar. Sin embargo, mientras pueda continuar, su intención es permanecer algunos años más.
El comercio también se convirtió en un lugar de encuentro. En una época en la que el movimiento era constante, apenas había tiempo para conversar. Ahora, con menos circulación de clientes, hay más oportunidades para intercambiar unas palabras con quienes se acercan.
Algunos compradores de otros tiempos todavía regresan ocasionalmente. Muchos de aquellos clientes envejecieron y otros ya no están, pero los recuerdos permanecen ligados al mostrador y a los productos que durante décadas formaron parte de la vida cotidiana de las familias.
UNA HISTORIA QUE SIGUE ABIERTA
En 2012, la trayectoria de Di Pi recibió un reconocimiento de la Cámara de Comercio a través de una distinción entregada a la familia. Fue una manera de poner en valor un recorrido que ya llevaba varias décadas y que hoy alcanza los 56 años.
Roberto sabe que el futuro del negocio no necesariamente será una continuación de la historia familiar. No tiene hijos y no habrá cadena de herencia para la marca “esto termina acá conmigo” sentencia. Por eso, no plantea grandes proyectos de expansión ni habla de volver a los niveles de actividad de otras épocas. Su objetivo es más sencillo: continuar mientras las condiciones lo permitan.
Desde aquel julio de 1970 en que Vicente Di Pietro abrió las puertas del negocio hasta este presente en el que Roberto sigue atendiendo, pasaron 56 años. Cambiaron los productos, los precios, los medios de pago y las formas de comprar. Lo que permanece es la voluntad de sostener una tradición familiar.
-¿Qué significa para usted el negocio?
-Seguir lo que venía haciendo mi viejo.

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