Panificadora del Oeste: 50 años de historia, familia y sabor local

La Panificadora del Oeste cumplirá 50 años en 2027. Sobrevivió a todas las crisis económicas, un proceso judicial y reapertura.

Los hornos de la Panificadora del Oeste siguen horneando, aunque la postal ya no es como de hace medio siglo atrás. El tipo de producto, los cambios en la producción y las nuevas tecnologías cambiaron la manera de fabricar pero el sabor y la tradición siguen intactas en una marca que es patrimonio trenquelauquense.
El local sigue vigente en Monferrand y Pasteur, aunque ocupa una superficie menor de la que ostentó años atrás y que recuerdan los más memoriosos. Hoy es una pyme familiar, con la tercera generación de la familia Ferrero que de poco toma la posta y sigue escribiendo la historia.
La que cuenta la historia, en una entrevista con FM Tiempo, 91.5 es Andrea Villa, esposa de Claudio Ferrero, segunda generación de la panificadora.
La panificadora –cuenta- nació en 1977, a partir de una propuesta de uno de los tíos de su esposo, Claudio. Eran tres socios, entre ellos integrantes de la familia Ferrero, y ninguno venía de la tradición panadera. Empezaron fabricando pan y algún otro producto, y fueron creciendo de a poco hasta construir la variada línea que hoy está en el mercado.
La esquina fue siempre la misma. «Siempre estuvo ahí, y después se fueron comprando los terrenos», recuerda Andrea. En sus comienzos el predio ocupaba toda la esquina; hoy fue subdividido.
A lo largo de casi medio siglo, la panificadora no estuvo exenta de los altibajos económicos del país. Atravesó distintas etapas, cambios de firmas y momentos difíciles que incluyeron cierres temporales y procesos judiciales. Sin embargo, en 1996, Claudio y su esposa Andrea Villa tomaron las riendas de la empresa. Con trabajo constante y resiliencia, lograron reabrir las puertas y consolidar la marca en el mercado regional.
De esa experiencia le quedó una consecuencia curiosa: todavía hay vecinos que no saben si la fábrica sigue funcionando. «Seguimos estando», insiste Andrea. «Están todos invitados a seguir probando nuestro producto, y los que prueban vuelven”.
LA RECETA QUE DEJÓ EL PADRE
El negocio es hoy 100% familiar. Claudio, que de joven no quería saber nada con la fábrica, fue tomándole el gusto con los años y hoy, según su esposa, «le encanta». Conserva la escuela de su padre: mirar cada producto, decidir qué sirve y qué no, qué hay que sacar y qué hay que poner.
Andrea, en cambio, no amasa ni maneja las máquinas, pero conoce cada eslabón de la cadena. Se ocupa de los pagos, los papeles y los pedidos, y sabe embalar: aprendió cuando empezaron, con su hijo Joaquín de apenas ocho meses, armando paquetes de panchos y hamburguesas. Para ella el secreto está en el trabajo en equipo.
La tercera generación ya está adentro. Martín y Joaquín comenzaron «de abajo», limpiando y haciendo tareas menores, y hoy preparan recetas. Todavía consultan al padre, que no termina de soltarles del todo las máquinas grandes: «hay que tenerles respeto». Una hija, que estudia, aporta desde su lugar.
QUÉ SE HORNEA Y QUIÉN LO COMPRA
La panificadora se dedica exclusivamente a la línea de panificados: pan de miga, viena, lactales, prepizzas, panchos, hamburguesas y pan de lomo, este último por encargo. Los productos estrella son la prepizza y la miga. También elaboran pan integral y de salvado, con harina que provee un molino de la ciudad, algo que Andrea destaca como un orgullo: comprar local, como hacen con la mayoría de sus insumos, y «darse la mano entre todos».
Su clientela es amplia. Abastecen a supermercados y almacenes de Trenque Lauquen, a rotiserías y confiterías, y a clubes y cantinas. Los cumpleaños infantiles y los eventos son una salida constante. Además, un grupo de vendedores recorre la zona: Treinta de Agosto, Tres Lomas, América, Guaminí y otros pueblos de alrededor. Quienes quieran comprar pueden hacerlo en la propia fábrica, de Pasteur, que vende tanto por mayor como por menor, un dato que mucha gente ignora y que obligó a reforzar el cartel de la puerta. También atienden por WhatsApp, Instagram y Facebook.
Compiten con marcas líderes, y Andrea lo asume sin complejos. «Somos una pyme, y las marcas nacionales están en un nivel económico y nosotros en otro», explica. Su ventaja es lo artesanal y lo cercano. El precio, en cambio, es un equilibrio delicado: no pueden igualar a las grandes marcas, así que ajustan su ganancia para que el producto siga siendo accesible. «Uno gana un poquito menos», resume.
Quedan fuera de su oferta los productos para celíacos o las propuestas sin harinas, que requieren otras instalaciones y otros requisitos. Cuando se los piden, derivan a quienes se dedican a eso.
DEL TALLER VIRTUAL A LA RONDA DE NEGOCIOS
En pandemia, Andrea se acercó al Estado provincial a través de talleres virtuales. Se anotó en uno de calidad y diseño, y el proyecto de la panificadora fue seleccionado: una asesora los visitó y trabajó sobre sus necesidades. El año pasado recibieron la visita del Ministerio de Producción, y de allí surgió un crédito blando, a tasa fija y sin interés, destinado a maquinaria e insumos, que hoy están pagando.
El respaldo de Producción Bonaerense funciona además como aval de calidad, y las rondas de negocios les permitieron sentarse frente a cadenas de supermercados. Andrea cuenta que no sabe bien cómo llegó a todo esto, y subraya que está al alcance de cualquiera: «En la página de la provincia encontrás todo; llamás y te ayudan, no importa quién seas ni de dónde seas».
De esas rondas de negocios bonaerenses surge la posibilidad de vender el producto a cadenas de supermercados pero ahí aparece un límite: la capacidad de producción. Atender a una cadena exige entregar la misma cantidad todas las semanas, y con las máquinas actuales y un equipo de cuatro integrantes de la familia, no puden garantizarlo. De ahí su principal proyecto para el medio siglo: sumar maquinaria y dar «un pasito» hacia un nuevo mercado. «No son sueños de hacer como una marca nacional», aclara. «Algo pequeño: ir creciendo, aprendiendo y sostener en el tiempo lo que uno hace.»
LO QUE FALTA
Andrea no esconde su preocupación por la situación de las pymes. Cree que los gobiernos tienen esa deuda pendiente histórica y reclama una carga impositiva acorde con el tamaño empresarial. Pide, además, que los legisladores presenten proyectos pensados para quienes están «en el medio» y un acercamiento institucional más fluido por parte del Municipio.
A las puertas de cumplir sus 50 años en 2027, Panificadora del Oeste sigue siendo símbolo de esfuerzo, permanencia y orgullo local, un sabor muy trenquelauquense que es parte de nuestra identidad.

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