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Ciudades de muertos: los estilos arquitectónicos y la historia del cementerio local

La historia del cementerio local data de 1892 cuando se licitó la obra de construcción de lo que sería su tapial o muro de circunvalación.

Hasta ese momento funcionaba un enterratorio que se encontraba, según fuentes de la época, a unas tres cuadras al este de la plaza San Martín y se estima que, además, había funcionado otro enterratorio en la manzana comprendida por las calles Monferrand, Tte. Uriburu, Urquiza y 9 de Julio.

Las primeras obras que se licitaron fueron la construcción de una capilla, una sala de autopsias, un arco avanzado (en la entrada) y una cruz de mármol. Así comenzó a tomar forma el nuevo cementerio que se encontraba dispuesto sobre lo que anteriormente había sido una chacra de cultivo.

PANTEONES, NICHOS Y BÓVEDAS

En 1904 se construyó el primer panteón, el de la “Sociedad de Socorros Mutuos La Cosmopolita”, y por Ordenanza del Concejo Deliberante, también ese año, se concesiona por el término de 90 años un terreno de 200 m de largo x 2,5 de ancho (a los laterales de la entrada del cementerio) para construir nichos. Esos nichos serían de dos categorías: de primera, los ubicados en las tres filas centrales, y de segunda, los correspondientes a la primera y la última fila, es decir la más alta.

A medida que el cementerio fue creciendo, en 1925, se estableció que las bóvedas debían tener una altura mínima de 5,5 m y tenían que ocupar una superficie total de 9 metros cuadrados cada una. Debían estar revocadas y cada uno de los propietarios podría elegir el estilo arquitectónico de la construcción.

Así comenzaron a aparecer estilos arquitectónicos neoclásicos importados de Europa por los constructores italianos –entre otros– que trajeron a la ciudad el oficio en la construcción funeraria y que imprimieron, en las nuevas tierras, la impronta de los cementerios europeos. Esos estilos se plasmaron en el cementerio local a través del trabajo de constructores locales y extranjeros como Febrer, Milla, Carizzo, por nombrar sólo algunos de los tantos que dejaron su firma en cada bóveda.

Además se sumó, principalmente en las bóvedas, los mausoleos y los panteones, el detalle recargado del estilo barroco, cuya máxima expresión se verifica en los ángeles que pueblan los techos, y que custodian, vigilantes, el descanso de los muertos.

Como en la ciudad de los vivos, la ciudad de muertos se consolidó diferenciándose socialmente. Sobre los caminos principales se fueron disponiendo, con el paso de los años, las bóvedas de las familias que detentaban –y en algunos casos, conservan– el poder político y económico de la ciudad, y hacia la periferia, las tumbas de los más pobres.  

Entonces, se podía establecer el nivel de riqueza de las familias y su estatus social a partir de los materiales utilizados en la construcción de la morada final: mármol de carrara, granito, bronce, vitreaux, entre otros, se entremezclaron tratando de recrear un ambiente para el recuerdo y el descanso final e intentaron burlar, a partir de la nobleza y calidad de los materiales, la inexorable decrepitud y destrucción que impone el paso del tiempo. Algunas casi lo consiguen. Aún hoy, después de 80 años conservan el señorío y la elegancia de otros años en donde se invertía –hoy considerado gasto– en el culto a la muerte. Valuadas tan sólo a partir de los materiales utilizados y que es posible percibir en un recorrido por las calles del cementerio, se puede estimar que algunas bóvedas familiares, si fueran construidas en la actualidad, insumirían al menos unos 400.000 pesos. No es poca cosa para gastar después de la muerte.

Ante la opulencia y ostentación de estas construcciones, los nichos municipales se alzan en un gran contraste. Para su construcción, la licitación pública de las obras será la primera señal de que la racionalidad económica primó sobre la obra arquitectónica. Así, en sucesivas etapas fueron licitadas las obras para la construcción de nichos, hasta que, a partir de 1979, comenzó a construirlos la Cooperativa de Electricidad de Trenque Lauquen.

COMPLEJOS MORTUORIOS

Pero no sólo se trata de cementerios. La tendencia mundial en algunas ciudades es la de la construcción de grandes complejos mortuorios, que en su conjunto permiten que haya una zona definida para brindar los servicios que se requieren desde que una persona muere hasta que llega a su morada final.

Estos complejos concentran tanatorios, cementerios y crematorios, como así también un espacios donde realizar un oficio religioso.

Se le llama “tanatorio” (del griego θάνατος que significa muerte) al conjunto de instalaciones en donde se depositan a los muertos y que cuentan con lugares diseñados y preparados para realizar el velatorio previo a la inhumación o cremación, además de contar con otras salas aptas para el depósito y conservación de los cadáveres.

Asimismo, son parte de estos complejos las empresas de servicios fúnebres, considerándose como tales al traslado de cadáveres y restos; acondicionamiento sanitario y estético de cadáveres, suministro de féretros, ataúdes, flores; servicio de coches fúnebres y organización del acto social del entierro; servicio de preparación de túmulos y los trámites para verificaciones y para el registro de la defunción y autorización de sepultura, así como autorizaciones para traslados y cualquier otra documentación relativa al fallecimiento e inhumación o cremación.

Quizás en el futuro el paisaje de los dos cementerios locales, el tradicional y el cementerio parque, sea poblado además por este tipo de complejos mortuorios en donde se pueden realizar todas las prestaciones necesarias, para evitar trasladar a los muertos desde el centro de la ciudad.

 SECCIONES

Aspectos económicos, sociales, políticos y culturales determinan el destino final de los cadáveres. Dentro del espacio del cementerio tradicional se pueden encontrar bóvedas que son construcciones cerradas, que permiten el ingreso a personas y cuentan con nicheras laterales y catres donde se ubican los ataúdes de los fallecidos de una familia o un grupo de familias. Los panteones, similares arquitectónicamente a las bóvedas, albergan ataúdes que contienen a fallecidos relacionados por criterios sociales, culturales o nacionales, como por ejemplo, el panteón de actores, en el cementerio de la Chacarita.

En un mausoleo, hay solo un cuerpo que yace debajo de la construcción. Su objetivo es homenajear a quien allí descansa.

Las nicheras son construcciones particulares en lotes arrendados y los muertos que se colocan en ellas tienen lazos de parentesco o afinidad; los nichos comunes los construye la Municipalidad –o quien sea concesionario de ese servicio– y se encuentran en las galerías generales. Los nichos para restos reducidos también pueden estar en nicheras particulares.

Aquellas construcciones que no superen los 80 cm de altura y contengan el cadáver bajo el nivel de tierra se consideran sepulturas en tierra. Se llama fosa común a la zona de propiedad municipal donde se depositan cadáveres que no tienen otro lugar de depósito.

TURISMO EN EL CEMENTERIO

El cementerio actualmente se ha instituido como un espacio arquitectónico que integra el patrimonio histórico y cultural. Anualmente se realizan jornadas y encuentros sobre la valoración del patrimonio simbólico que se encuentra en ese ámbito. Pero además, es parte de la industria del turismo.

Por ejemplo, el Cementerio de la Chacarita forma parte de las propuestas turísticas de la ciudad de Buenos Aires. Creado para responder a la necesidad de ampliar la capacidad de los cementerios debido a la epidemia de fiebre amarilla, fue inaugurado en abril de 1871. En ese momento se dispusieron 5 hectáreas y en la actualidad su superficie es de 95 hectáreas, razón por la que se lo considera uno de los más grandes del mundo. De características populares, en él se encuentran enterrados, entre otros, Alfonsina Storni, Carlos Gardel y Juan Domingo Perón. Para conocerlo y recorrerlo, dos sábados por mes se realiza una visita guía por el denominado “Circuito del Tango”, por el que se recorren las tumbas de Carlos Gardel, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, el Panteón de SADAIC, y las de otras personalidades, como Jorge Newbery o Perón.

Otro referente es el Cementerio de la Recoleta. Considerado el primer cementerio público porteño, fue inaugurado en noviembre de 1822. Luego de que fuera realizado el plano del lugar, el gobierno reservó algunos sectores destinado a exhumar a importantes personalidades políticas, lo que le dio su carácter histórico. Su superficie actual es de 5,5 has. En él se encuentran enterrados Eva Duarte, Juan Manuel de Rosas y Domingo Faustino Sarmiento, entre otras destacadas personalidades de la historia argentina.

Actualmente, de martes a domingos, se realiza la visita guiada “Historia y arte en el Cementerio de la Recoleta”, que puede hacerse además (en otros días y horarios) con guías turísticas en idioma inglés y portugués.

LOS MOTIVOS DEL CEMENTERIO PARQUE MUNICIPAL

Jorge Prieto, secretario de Obras Públicas municipal entre 1992 y 1995, explicó por qué, en el marco de su gestión, se construyó el cementerio parque.

La explicación fue “in situ” y el recorrido comenzó por el viejo cementerio, el de los mausoleos y los nichos, y de calles laberínticas El arquitecto comenzó su relato describiendo cuál era la ubicación que tenía el antiguo tapial, que, al ser derribado, permitió comunicar la antigua necrópolis con el nuevo cementerio parque. “La idea de comunicar los dos cementerios era que quienes realizaban una visita, podían ir de uno a otro sin salir del predio”, comentó Prieto.

Más allá de este detalle de la obra, la creación del nuevo cementerio respondió a necesidades específicas de la época ya que “la decisión de hacer el cementerio parque tuvo varias razones. Por un lado, en el cementerio tradicional ya no había suficiente espacio; por el otro, era importante contar con otra alternativa en la ciudad, y más en este caso que fuera a partir de lo público, no como había ocurrido con el desarrollo de la mayoría de los cementerios parque en el país, que estaban hechos por inversores particulares.”

Así se dispuso del predio de propiedad municipal, y se realizó la contratación de un ingeniero forestal (el ingeniero Francisco Carabelli) para que dispusiera las especies de plantas y arbustos más convenientes para la zona, y diseñara el paisaje del nuevo enterratorio. Con ese trabajo, la arquitectura de cemento, mármol y bronce característica del cementerio tradicional fue reemplazada, en cierta forma, por la ornamentación de sauces, álamos y diversos arbustos, entre otros. 

IGUALDAD

Además, había otro interés para el diseño arquitectónico –explica Prieto–: “lo que intenta brindar el cementerio parque es la igualdad de condiciones de los muertos. No hay construcciones fastuosas o pequeñas tumbas que diferencien social y económicamente a las personas que están enterradas allí. Aquí todos tienen una lápida blanca de mármol en la que sólo se puede grabar, además del nombre, el símbolo que expresa el culto que profesaba el fallecido. Y nada más.”

Otra construcción que se realizó en el predio fue el lago artificial que se encuentra a la entrada, conectado con el sistema que riega el terreno para disponer de un uso racional del agua. Prieto explica que “se impermeabilizó de tal forma el fondo del lago que el agua que contenía tenía una utilidad. La laguna se llenaba con una bomba y desde allí se tomaba el agua que se usaba para el riego del predio, a través de un sistema por aspersión”. El  sistema permite que, con una instalación subterránea, puedan organizarse la disposición de los rociadores y pueda calcularse su tiempo de funcionamiento, racionalizándose, de esta forma, el uso del agua, al disponerla de acuerdo con las necesidades que tiene el suelo en los distintos sectores del terreno.

Respecto del tiempo de utilidad que tiene este predio, el arquitecto opina que tiene capacidad “para 6.000 tumbas, que pueden contener hasta dos cadáveres cada una; si consideramos que en poblaciones de alrededor de 30.000 habitantes se estima un muerto por día, podemos calcular que contando sólo el terreno actual, la disponibilidad de lugar es suficiente por varios años más”.

En el nuevo cementerio fue determinante el uso que la gente hacía del espacio con las ofrendas florales. Al respecto, Prieto comenta que “al principio, no se permitía que hubiera ningún tipo de ofrenda; luego se estableció, debido al uso que le daba la gente, que se realizara un orificio en las lápidas para que se pudieran colocar allí las flores”. El uso de la flor como ofrenda al difunto en este moderno espacio de culto a los muertos recupera una práctica tradicional, aunque cada vez menos extendida. 

Nota: Andrea Hernández. (Fue publicada en el suplemento Arquitectura del diario La Opinión hace años atrás).

Fotos: 6400 Estudio