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El arte puede dibujar mundos sin barreras

Los padres de Selene entendieron desde el primer día que algo no funcionaba. Que su hija tenía dificultades para prestar atención, para interactuar y jugar con otros niños. La manera de comunicarse y sus comportamientos generaban inquietud. En 1998 el campo de la ciencia no tenía tan difundido lo que hoy se denomina el espectro autista, y tardaron 7 años en ponerle nombre a todo eso que le pasaba: síndrome de asperger.

Hasta que un profesional de Buenos Aires, pero en un consultorio de Trenque Lauquen, le dijo esa conjunción de palabras que hasta el año 2005 no existían para Rosana Cobos, la mamá de Selene, todo el mundo de su hija era una incógnita. Durante los primeros 7 años de vida visitó psicólogos, psicopedagogos y distintos profesionales en la búsqueda de respuestas que no encontró y las cosas comenzaron a ponerse en su lugar recién a partir de 2005.

Rosana es oriunda de Urdampilleta, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Llegó a Pellegrini tras casarse con Fabián García, un apicultor, con quien tuvo tres hijas María Selene (20), Sol (15)  y Clara (13). La maternidad significó un quiebre en la vida de esta maestra jardinera que en los últimos 20 años ha luchado contra viento y marea por mejorar la calidad de vida de su hija y tiene bien en claro que nunca se va a rendir.

Selene es una artista plástica que va ganando su espacio. El año pasado obtuvo una medalla en los Torneos Bonaerenses, expuso sus obras en la Casa de la Provincia de Buenos Aires y tiene un incipiente emprendimiento de sublimación y serigrafía de cartucheras, mochilas y remeras  con sus dibujos que son únicos. El pintor  Milo Lockett la recibió e intercambió charlas y dibujos con ella y es alumna de la reconocida Magui Delfino. Pero sobre todo, es una clara muestra que el síndrome de asperger que afecta la socialización o el aprendizaje no es una barrera para la creatividad. Para ella, el pincel y las pinturas son un puente hacia la expresión sin límites, son las palabras que quizás a veces no puede pronunciar.

Si tuviéramos que ponerle una fecha de inicio a esta historia, dice su madre Rosana Cobos, es cuando nació Selene en 1998. “Es mi primera hija, no sospeché que había algo distinto en ella hasta los 2 años, porque le costaba el vínculo con los demás”. Allí empezó una carrera con obstáculos primero para dar con el diagnóstico, después para garantizar su tratamiento, su educación y la igualdad de oportunidades en un país que no te regala nada y que todo hay que ganárselo peleando.

“En 1998 cuando ella nació no se sabía mucho sobre este síndrome o el autismo costó mucho tiempo encontrar un profesional que lo hablara”. En el jardín de infantes comenzaron a verse más las diferencias, “le costaba relacionarse, no sabíamos qué tenía entonces no podíamos ayudarla”. Mientras tanto se sucedían los turnos y horarios con psicólogos, psicopedagogos, fonoaudiólogos y distintos profesionales.

La escuela primaria agudizó los problemas. El primer año, aún sin diagnóstico, fue muy difícil y aquí comenzó a aparecer la madre todo terreno “yo le enseñaba los colores con los confites rocklets y las formas con las galletitas; como no podía aprender a andar en bicicleta le conseguimos un caballo”.

Recién a los 7 años le dijeron a la familia cuál era el síndrome que le afectaba a su hija “en ese momento lloré mucho, no encontraba a profesionales que me dijeran qué tenía y no conocíamos a chicos en igualdad de condiciones. Estábamos  solos, fue un momento muy difícil, teníamos alivio por el diagnóstico y saber qué era realmente lo que tenía pero no teníamos herramientas para trabajar en ello”.

Todos en la familia comenzaron a estudiar sobre el tema y allí, se decidió cambiar a Selene de escuela “fui a hablar a una escuela de campo, sabíamos que la favorecían los grupos reducidos” entonces todos los días durante 6 años hicieron 15 kilómetros de ida y 15 de vuelta “cambió muchísimo. Siempre le hice ver que todo tiene solución”.

Pero los problemas estaban por retornar. La escuela secundaria con 11 materias, 11 profesores distintos y un grupo numeroso era un gran obstáculo para su dificultad. Por normativa la maestra integradora sólo la acompañaba una hora por semana, entonces Rosana entendió que lo ideal era una acompañante terapéutico “que nunca había habido en Pellegrini, así que pelee para conseguirla”.

La obra social se hacía cargo, la escuela la permitía pero no había nadie en condiciones de ejercer. “Un día en la escuela vi a una maestra le pedí si podía trabajar como acompañante terapéutico, hicimos todos los trámites  porque al ser maestra podía, para que pudiera cobrar tenía que hacer el curso, así que nos anotamos y la hicimos los dos a distancia”. Para que finalmente le pagaran el salario fue a la Justicia interpuso recuso de amparo y acudió al defensor del pueblo. En quinto año lo pagó de su bolsillo y en sexto su hija lo cursó sin acompañante favorecida por la contención de sus compañeros. Fue elegida mejor compañera.

Sus dibujos

Siempre dibujó “es una forma de expresarse, aprenden más por imágenes que por palabras, pueden ver detalles que nosotros no, y a partir de una imagen pueden ponerle palabras. En casa siempre hubo dibujos y revistas, y así comenzó a dibujar y pintar, ella misma nos dice que cuando no tiene palabras las dibuja”.

En la escuela primaria sus apuntes eran dibujos, y tiene la capacidad de dibujar partiendo de una línea y en tiempo récord.  Un día, mientras cursaba la escuela secundaria y de vacaciones en  Urdampilleta, se encontró en la calle con artistas muralistas “y les pidió una tiza, como les insistió mucho le permitieron dibujar arriba de la casilla del gas, en ese espacio hizo un elefante y un coala. Los sorprendió tanto que después le dieron una pared, porque puede dibujar en cualquier escala”. Los muralistas tenían un taller de serigrafía y ella comenzó a dibujar para ellos, vendió remeras, bolsos, cartucheras, ahí comenzó a mostrar su dibujos al público.

Cuando el taller cerró, la madre se puso otra vez al frente. Aprendió el oficio para ayudar a su hija y ahora en Pellegrini tienen “Seleart” un emprendimiento de mochilas, cartucheras y remeras estampadas con los dibujos de Selene. Pueden solicitarse por Facebook.

Pero hasta ese momento los dibujos sólo eran blanco y negro y en papel. El salto lo dio cuando la Municipalidad le pidió un cuadro para exponer en el Hospital Municipal, y luego para que expusiera en la Casa de la Provincia de Buenos Aires en la Ciudad de Buenos Aires. Ahí conoció a Magui Delfino, llegó el premio de los Torneos Bonaerenses y vendió algunos cuadros por pedido, aunque su idea no es venderlos.

“Cada cuadro tiene su ficha técnica, ella te dice las cosas que fue dibujando y su significado y tiene que ver con las cosas que le fueron pasando en la vida. No los vende porque no se puede desprender de ellos. Solo vendió algunos por encargue”.

Rosana se convirtió en una madre coraje capaz de sortear todos los obstáculos que se atravesaron en el camino de su hija, y ahora también es una activista de los derechos de personas con discapacidad. “No pertenezco a ningún grupo político ni nada, pero por la experiencia que me tocó pasar trato de colaborar con todo lo que tiene que ver con personas con discapacidad, todos necesitamos herramientas y apoyos. Hace 5 años estoy en el equipo de equinoterapia desde el día 1, con el caballo nos ayudó mucho, una vez que ves eso decís esto no puede dejar de funcionar y por eso te metés en todo”.

“Quiero que sea feliz y lo estamos logrando porque la vemos bien. El dibujo y la pintura fueron importantes para ella. El arte ayuda al autoestima y en todo, es muy bueno, que lo valore otro, es bueno”.

“Mi hija no es como yo esperaba. Es mucho más que eso. Grande por donde la mires, un ser especial que vino a nuestras vidas para transformarla por completo”, escribió su madre en la presentación de Seleart.