Diez años después de apostar todo para fundar Universal Repuestos, este trenquelauquense que supo ser técnico radiólogo en Buenos Aires reconvirtió la herencia familiar en un negocio de vocación: estar siempre disponible para el que queda varado en la ruta.
Manuel Ruiz se hace llamar Mane. Dice que responde más a ese apodo que a su nombre de pila, y quizás en eso ya se anticipa algo de su carácter: directo, sin vueltas, sin pretensiones. Cumplió diez años al frente de Universal Repuestos, un local ubicado sobre el acceso de la Ruta 33, el acceso Perón, que se especializa en todo lo que el ojo no ve: los elásticos, la suspensión neumática, los ejes, la parte de abajo del camión y del acoplado que nadie mira hasta que falla. «Capaz que me queda un poco grande el título de empresario», dice con una sonrisa. «Emprendedor, se podría decir.»
Esos diez años no llegaron solos. Llegaron con créditos del Banco Nación, con un galpón prestado por su suegro, con un auto vendido y tres hijos pequeños en casa. Con su señora —hoy farmacéutica en Farmacia Hernández— agarrándose la cabeza mientras él le contaba el plan. «¿Qué vas a hacer?», le preguntaba ella. Y él siguió adelante igual.
«Mi viejo me enseñó a prestar el servicio. Me acuerdo de cenar en Nochebuena y a las diez y media de la noche salir a buscar a alguien que quedó tirado en la ruta.»
La historia de Mane es inseparable de la de su padre, que durante cuarenta años tuvo La Milagrosa Repuestos —todavía en pie en el otro acceso, el García Salinas—. Allí trabajó once años antes de animarse a volar solo. «Mi viejo me enseñó todo lo que sé», resume. Y lo que más recuerda no es la parte técnica, sino la actitud: salir en la noche del 24 de diciembre si un camionero llamaba desde la ruta. «En ese momento no había WhatsApp. Sonaba el teléfono y ahí íbamos.» Los lecheros, recuerda, no tienen Navidad ni Año Nuevo. Son 365 días, las 24 horas.
Antes de los repuestos, hubo radiografías. Mane vivió años en Buenos Aires estudiando técnica radiológica, hizo prácticas en el Hospital Fernández, estaba por entrar al Instituto de Diagnóstico de Buenos Aires cuando sonó el teléfono. Era su viejo. «¿No querés venir?», le preguntó. Y él, que nunca terminó de sentir Buenos Aires como su lugar —»dos horas de viaje para ir y volver, no quería hacer mi vida ahí»—, no dudó demasiado. Los fierros siempre le habían gustado. Y algo de esa vocación de la salud, de estar disponible para el que necesita, la trasladó sin saberlo al taller.
El negocio encontró un contexto inesperadamente favorable. Por la Ruta 5 circulan hoy alrededor de 1.500 camiones diarios solo relacionados con Vaca Muerta —entre arena y caños—, desde Zárate hasta Añelo. Una cifra que sorprende incluso a quienes viven sobre la ruta. «Algunos dicen un poquito menos, otros un poquito más, pero más o menos está por ahí», confirma. Y ese tráfico trae desgaste, roturas, urgencias. Para Universal Repuestos, la ruta deteriorada entre Trenquelauquen y la zona de 25 de Mayo es, según sus propias palabras, un «aliado»: «Como sepulturero, no le deseo el mal a nadie, pero que no falte trabajo.»
Hoy trabajan cuatro personas: Mane más Germán, Claudio y Edu. «Adentro somos todos iguales», dice. De Germán habla con genuina admiración: «Es mi mano, mi pie y todo derecho. Tiene un corazón enorme, como es él de grandote. Hoy me puedo ir tranquilo de vacaciones y sé que todo va a estar.» Estar disponibles los siete días, en feriados, sábados y domingos, no es para ellos un esfuerzo excepcional: es simplemente lo que son. «Nos propusimos hacer eso hace años y no nos cuesta porque nos sale.»
«La diferencia no la hace el fierro. La hace la calidad humana. Estar dispuesto a darle la mano al que lo necesita.»
En un mercado cada vez más competitivo y digitalizado —donde el cliente llega con el precio de Mercado Libre en la pantalla del celular—, Mane apuesta por algo que no se puede enviar por correo: la presencia. «Si te conviene más comprarlo en Mercado Libre, compralo», le dijo a un cliente esa misma mañana. Pero después el cliente empezó a dudar: el costo de envío, la posibilidad de que no sea lo correcto, no tener a nadie que responda. «Nosotros estamos acá. Si algo no funciona, venís y lo resolvemos.» Eso, dice, no tiene precio de lista.
Cuando le preguntan por qué tiene fama de buen tipo en el pueblo, se ríe. «¿Qué voy a decir?» Pero enseguida se pone serio y dice algo que lo define mejor que cualquier currículum: «No soy tan consciente por ahí de que lo voy haciendo. Me cruzo con una historia y digo, acá puedo hacer algo. No lo pienso como un propósito.» En los pueblos chicos eso se nota. Y en Trenquelauquen, en diez años, se notó.








