El legado de Francisco, por Juan Pellegrino

El párroco de Trenque Lauquen reflexiona sobre la vida del Papa argentino.

Todavía resuena en nuestros oídos la bendición papal del domingo de Pascua, esto hace difícil pensar objetivamente en lo que podríamos llamar un legado del pontificado del papa Argentino. Sin embargo, a modo de gratitud para con su entrega y servicio a la Iglesia quiero compartir algunos pensamientos. ¿Cómo resumir doce años de un pontificado lleno de viajes, discursos, gestos que fueron novedosos?¿Cómo describir tanta vida entregada y tanto servicio prestado en bien de la humanidad? Dejándome llevar por lo que fluye de mi corazón creo que el mayor legado de Francisco fue ser Francisco.

Salir al balcón de la Basílica de San Pedro con el nombre del santo de Asís, si bien nos impactó a muchos porque no había ningún papa con ese nombre, me atrevería a afirmar que fue el programa de su pontificado. Me gusta pensar que la figura del pobre de Asís traspasó la existencia de Jorge Mario Bergoglio, de tal manera, que su nombre nos permite releer todo su Magisterio, toda su actividad pastoral y es como una ventana por la cual podemos acercarnos a lo más profundo del corazón de nuestro querido papa Francisco. En efecto, creo no exagerar si afirmo que el papa nos ha dejado en su vida de pastor una hermosa página de lo que llamaría el “evangelio al natural”. Una página del evangelio (como le gustaba decir al Papa) sin glosa, sin comentarios, evangelio puro.

Sus actitudes y palabras nos permiten armar un gran mosaico por el que llegamos a la imagen de un Jesús actual.

En la primera audiencia con periodistas había afirmado “quiero una iglesia pobre para los pobres”, así pudo desglosar el nombre que eligió. Y de este modo, el nombre de Francisco y su búsqueda de la pobreza atravesaron su pontificado.

Así podemos entender su insistencia en la alegría. La mayoría de sus cartas y exhortaciones comienzan con esta actitud del alma: la alegría. Pensemos en su primer escrito, “La alegría del Evangelio”, sobre la evangelización, recordemos algunos más como “La alegría del Amor”, sobre la familia, o también, “Alégrense y regocíjense”, su exhortación sobre el llamado a la santidad. Es que lo propio del pobre de espíritu, al estilo evangélico, es la alegría de saberse en manos de Dios. ¿Será por eso que el papa siempre decía que rezaba todos los días la oración de santo Tomás Moro para pedir la gracia del buen humor?

La pobreza nos ayuda a entender también sus viajes. Como no recordar su primer viaje a Lampedusa, muchos de nosotros nos enteramos lo que sucedía allí después que el papa visitó esa isla. Sus 47 viajes apostólicos siempre fueron hacía los más alejados o los más necesitados, así también entendemos su insistencia en acompañar a los migrantes y refugiados. ¿Se acuerdan cuando volvió de un viaje con varios refugiados para que vivan en el Vaticano? La pobreza se manifestó en sus numerosos viajes hacia los más alejados pero también la pobreza hizo que se preocupara por poner sanitarios, peluquería, comedores en el mismo Vaticano para los más necesitados. ¿Se acuerdan cuando mandó a pagar la luz de un inmueble de Roma para que no se la cortaran a un grupo grande de familias?

La búsqueda de la pobreza es la que nos ayuda a entender su insistencia en la Misericordia. El pobre es el que vive la misericordia con los demás porque sabe que no puede juzgar a nadie. El pobre es el que se anima a preguntarse después de salir de las numerosas cárceles que visitaba: ¿Por qué ellos están ahí y yo no? Sólo un corazón pobre es capaz de preguntarse eso. Sólo un corazón pobre y que se sabe necesitado es capaz de perdonar a todos, incluso a aquellos que lo ofendieron. Sólo el pobre no levanta la voz para defenderse o justificarse y Francisco lo hizo a lo largo de estos doce años. ¿Se acuerdan el regalo que nos hizo al convocar a un Jubileo extraordinario de la Misericordia?

El querer vivir la pobreza lo llevó en este último tiempo a repetir que buscaba una Iglesia “hospital de campaña” y una Iglesia donde entraban “todos, todos, todos”. Así nos mostraba el rostro de quien por ser pobre no se siente dueño de nada ni de nadie. El pobre cuyo único objetivo era parecerse al pobre de Nazaret que había soñado y predicado un reino tan grande donde todos los pájaros del cielo pudieran cobijarse.

La búsqueda de la pobreza se manifestó incluso en su legislación canónica, sobretodo en la defensa de los menores abusados. Fue por defender a ellos que aplicó las mayores penas a los pederastas dentro de nuestra Iglesia. Por su espíritu de pobreza se animó incluso a encontrarse con las víctimas de abusos. ¿Se acuerdan como se animó a renovar toda la Iglesia chilena que sufría una gran crisis institucional a causa de los abusos?

Finalmente, su espíritu de pobre que nos sorprendió por sus zapatos negros y su austero estilo de vestir, se dejó entrever en el modo de moverse dentro y fuera del Vaticano al dejarse llevar en una simple silla de ruedas como cualquier persona. ¿Se acuerdan al aparecer hace pocos días en San Pedro llevado por alguien como un abuelo más y con un poncho sobre su cuerpo? ¿Cómo no entender así su trabajo incansable hasta el último momento? Estas actitudes son las del pobre que se sabe elegido para una misión y sin excusarse pone manos en el arado y sigue adelante.

Creo que al escribir esto me quedo corto y experimento también la pobreza de mi mirada y pensamiento. Sin embargo, quiero afirmar que la mayor riqueza de Francisco fue su pobreza. Gracias por estos doce años de mostrarnos un camino del evangelio al natural.

Pido que el Señor lo reciba como “servidor bueno y fiel” y que lo invite a “entrar en el gozo del Señor”.

Gracias Francisco porque con tu pobreza nos enriqueciste a todos.

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