En el día del Padre, TN destacó la historia de la familia de Hilario y su lucha

Perdió a sus mellizos, su hijo luchó por sobrevivir y este Día del Padre tiene un motivo único para celebrar

Hace seis meses, Lucio Bergese no sabía si alguna vez podría celebrar una fecha como esta. Después de perder a sus mellizos y atravesar una larga batalla por la salud de Hilario, su único hijo, hoy comparte con él un Día del Padre que parecía imposible.
El nene nació con una grave enfermedad renal y pasó gran parte de sus primeros años entre internaciones, diálisis y tratamientos. La espera terminó el 19 de marzo, cuando recibió un riñón donado por su mamá, Marina Bidondo. Tres meses después del trasplante, la familia volvió a su casa en Trenque Lauquen y mira el futuro con esperanza y optimismo.
“El regalo más hermoso de este Día del Padre es estar con ellos”, dice Lucio a TN. Y no es una frase hecha: detrás hay años de pérdidas, incertidumbre y sacrificios.
Marina y Lucio se conocieron en Villa María, provincia de Córdoba, pero cuando se enteraron que se convertirían en padres, regresaron a la ciudad natal de ella, Trenque Lauquen, para recibir la ayuda de toda su familia.
El embarazo era de mellizos, pero una complicación obligó a adelantar el parto a las 27 semanas. “Blas nació casi muerto y Dulce vivió tres días más”, recuerda. La beba fue trasladada de urgencia al Hospital Finochietto, en Buenos Aires, pero no logró sobrevivir. Lucio todavía tiene en carne vida ese viaje a Capital que tuvo que hacer solo porque Marina todavía estaba hospitalizada y no pudo despedirse de la nena.
Seis meses después, la pareja volvió a intentarlo y lograron un nuevo embarazo: “Estábamos mucho más decididos a ser padres”. “Hilario venía impecable”, cuenta Lucio. Pero todo cambió a las 20 semanas cuando durante un control, los médicos detectaron una anomalía. “Tenía la vejiga llena y había que empezar a estudiarlo más de cerca”, recuerda el papá.
Con el paso de las semanas llegó el diagnóstico: Hilario tenía una grave afección renal.
Hilario nació a los ocho meses en Junín y fue derivado al área de Neonatología del Hospital Italiano de Buenos Aires. Allí pasó tres meses internado y luego otros cuatro en una habitación común junto a sus padres. “Fue un camino larguísimo. Cuando salió de Neonatología le pusieron una cánula nasal, la rechazó y tuvieron que colocarle otra. Siempre aparecía un nuevo obstáculo”, recuerda Lucio.
Durante sus primeros nueve meses de vida, el nene prácticamente no conoció el mundo fuera de un hospital.
La situación comenzó a cambiar cuando, a través de una amiga, la familia llegó a la Casa Ronald McDonald Argentina. Allí encontraron un lugar donde vivir mientras Hilario continuaba con las diálisis y los tratamientos que necesitaba para mantenerse con vida.

Además de un techo, recibieron contención en uno de los momentos más difíciles. “Esa fue la mejor etapa que tuvimos hasta entonces. Ahí dio sus primeros pasos y empezamos a recuperar la esperanza”, cuenta Lucio. Sin embargo, el peligro seguía latente: “Era un bebé con un riesgo de muerte muy alto. Cualquier complicación podía ser fatal”.
Mientras Marina permanecía en Buenos Aires al cuidado de su hijo, Lucio debía regresar periódicamente a Trenque Lauquen para sostener económicamente a la familia. “El deber de un padre es proveer”, resume.
Dueño de una pequeña empresa de construcción, pasaba largas jornadas trabajando e incluso viajaba al campo, donde muchas veces quedaba incomunicado durante días. “Fue muy difícil, muy triste. Eran los momentos más duros, pero a la vez, vivir en la Casa Ronald nos dio la posibilidad de ahorrar. Marina se quedaba mucho tiempo sola, pero gracias a Dios, hicimos muchos amigos allá, gente linda que, como nosotros, está dándolo todo por sus hijos”.
La espera exigía sacrificios. Hilario debía someterse a diálisis durante 14 horas por día para resistir hasta la llegada de un trasplante. Lucio apenas podía visitarlo una vez al mes, pero nunca dudó de la fortaleza de su esposa. “Marina lo cuidaba de la mejor manera. Le agarró la mano a la diálisis y después le salía tan fácil que fue re simple, el bebé nunca tuvo una infección. Lo único que tengo es palabras de agradecimiento hacia Marina, Hilario y la diálisis”, remarca.
“ESTABA EN SHOCK”
Desde el primer momento, los médicos les informaron a Marina y Lucio que podían ser donantes. Me preparé yo, pero justo me salieron cálculos renales y me descartaron por unos cuantos años”, confirma Lucio.
Fue entonces cuando Marina continuó con el procedimiento para donarle un riñón a su bebé. “Ella estuvo muy convencida hasta el último momento. El amor de una madre es único. No tengo palabras para la madre que elegimos con Hilario”, asevera.
A pesar de que su esposa estaba dispuesta, tuvo que cumplir con una serie de exámenes obligatorios: “Son una cantidad de estudios psicológicos, de compatibilidad. El donante en vida tiene que estar seguro de que va a poder vivir bien sin un riñón, cualquier persona no puede donar”.
En paralelo, Hilario estuvo en la lista de candidatos del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI) durante “más de un año y participó en un montón de operativos, pero no consiguieron la donación”.
La cuenta regresiva terminó el 19 de marzo de este año, el día en que Marina e Hilario entraron al quirófano. La noche anterior, Lucio se encargó de hacerle la diálisis al nene. Lo desconectó a las seis de la mañana, cuando se lo llevaron para operarlo, y no supo más de él durante las ocho horas de la operación. “Se me pasaron volando, estaba en shock”, dice Lucio.
Los dos años de trabajo, ahorros y las rifas organizadas por Marina le permitieron a Lucio tomarse una licencia para ayudar en todo antes y después de la operación crucial. “El regalo mas hermoso del Día del Padre es estar pegado a ellos estos cinco meses”, dice.

Hoy están los tres juntos en su casa, en Trenque Lauquen. Hilario mejora progresivamente, aunque por un año, tendrá un tratamiento estricto con 16 medicaciones diarias y dependerá de una sonda nasogástrica y varios aparatos.
Lucio también asegura que Marina tiene una vida prácticamente normal, y él tiene una rutina mucho más saludable que antes. “Para el día de mañana, dejo sano mi riñón por si Hilario lo llega a necesitar”, afirma.
Pero lo que más le importa es poder disfrutar esta nueva etapa en la paternidad: “Estoy eternamente agradecido. Hilario no solamente es mi hijo, es mi mejor amigo y él es de todos los que nos han ayudado, de nuestras amistades, tenemos la mejor madrina del mundo”.
Esta fecha es especial: Hilario cumplió tres años de edad en marzo y ya pasaron tres meses del trasplante, pero su padre tiene un sueño por cumplir. “Él es el regalo más grande. No tengo nada más para pedirle a la vida. Mi mayor anhelo es que se independice de los aparatos y las medicaciones, que no necesite más que respirar y comer”, dice.
Además, asegura que Hilario le enseñó lo más importante: “Aprendí que los tiempos míos no son los suyos. Yo siempre ando apurado, queriendo avanzar, pero él va alcanzando sus metas a su ritmo. Yo trato de acompañarlo y disfrutarlo, estar presente lo más posible hoy. El mañana es cosa de Dios”.

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