Desde sus primeros pasos en el folclore a los ocho años hasta convertirse en uno de los referentes del tango en la región, Gonzalo Etcheverry construyó una trayectoria de más de tres décadas ligada a la danza. Profesor, bailarín y director de la Escuela de Tango Malajunta, repasó en una entrevista con FM Tiempo 91.5, los desafíos de enseñar y el crecimiento de una actividad que sigue sumando adeptos en Trenque Lauquen.
La historia de Etcheverry comenzó en 1994, cuando ingresó al ballet La Flor del Ceibo. Sin embargo, el vínculo con la danza venía de antes: sus padres bailaban folclore y transmitieron a sus hijos el amor por las tradiciones argentinas. Tras una primera experiencia en Los Blancos de Villegas, retomó la actividad en la adolescencia y desde entonces nunca más se alejó de los escenarios.
“Gracias al baile conocimos lugares que quizás nunca hubiéramos imaginado visitar”, recordó. Junto a su hermano integró distintos grupos folclóricos y más tarde continuó como pareja solista con su esposa, Marcela Lozano, compañera de vida y de danza.
El tango apareció casi por casualidad a mediados de los años 90, cuando un profesor de Pehuajó comenzó a dictar clases en un ballet folclórico. Aquellas primeras lecciones despertaron una pasión que con el tiempo se transformó en una vocación. “Nos atrapó mucho. Empezamos aprendiendo figuras y coreografías, pero después entendimos que el tango es mucho más que eso: tiene que ver con la improvisación, con saber cómo bailar y no solamente con hacer pasos”, explicó.
Para Etcheverry, el tango es una de las danzas más complejas. La clave está en la conexión permanente con la pareja de baile. “Bailás todo el tiempo con alguien. Si perdés esa conexión, se desvirtúa todo lo demás”, afirmó. También destacó la importancia de la técnica, la postura y la caminata, aspectos que suelen pasar inadvertidos para el público pero que resultan fundamentales para alcanzar la elegancia que caracteriza al género.
Su camino como docente comenzó en 1998, cuando fue convocado para dar clases en la institución cultural Surcos. Años más tarde decidió profundizar su formación y cursó el profesorado superior de tango en Santa Rosa, título que obtuvo en 2014. Desde entonces amplió su trabajo educativo y se convirtió en uno de los pocos referentes regionales en la enseñanza formal del tango.
Actualmente dirige la Escuela de Tango Malajunta. El nombre fue tomado de un clásico tango de Julio De Caro, una de sus obras preferidas. Allí desarrolla cursos para distintos niveles junto al profesor Francisco Ianibelli y mantiene una matrícula estable de entre 20 y 25 alumnos de edades diversas.
Lejos de enfocarse únicamente en la competencia, Etcheverry apuesta a la formación y la difusión. Aunque participó junto a Marcela Lozano en el Mundial de Tango realizado en Buenos Aires en 2017, sostiene que el verdadero desafío es lograr que más personas se animen a bailar. En ese sentido, recordó las tradicionales “juntadas milongueras” organizadas durante varios veranos en espacios públicos de la ciudad, una propuesta que permitió acercar el tango a nuevos públicos.
Además de las clases regulares, desde 2017 impulsa un profesorado de tango que atrae estudiantes de distintos puntos de la provincia de Buenos Aires y La Pampa. Por sus cursos han pasado alumnos de Santa Rosa, Pehuajó, Bahía Blanca, Pellegrini y otras localidades de la región.
A los 48 años, con un nieto, y una agenda que combina familia, trabajo y enseñanza, Etcheverry sigue encontrando tiempo para perfeccionarse y entrenar. “El tango es un viaje de ida. Primero aprendés a bailarlo y después empezás a sentirlo”, resumió.








