Hay libros que nacen de una militancia política y terminan siendo algo más amplio. Eso le pasó a Gastón La Menza. En 2023 se postuló como precandidato a intendente de Pellegrini, su ciudad, y empezó a recorrer barrios haciendo diagnósticos. Lo que encontró no eran simples pedidos de asfalto o iluminación: era una brecha profunda entre lo que los gobiernos planifican y lo que los vecinos realmente necesitan en su metro cuadrado. De esa experiencia nació “S.O.S. Ciudad”, un ensayo de 320 páginas y nueve capítulos que, según su autor, «tiene más preguntas que respuestas» y es, ante todo, un llamado a la acción.
«Mi libro es un llamado a la acción. Tiene más preguntas que respuestas, pero hay tres ejes que no pueden faltar: participación ciudadana, diagnóstico sincero del estado y voluntad política”.
La Menza sostiene que uno de los problemas estructurales del gobierno municipal es la planificación sin participación real. «Los que gobiernan lo hacen con buenas intenciones, no pongo eso en duda», aclara, «pero muchas veces no son las necesidades que tiene el vecino en ese metro cuadrado». La tecnología, dice, abre una oportunidad histórica para cambiar ese modelo: con los canales de comunicación disponibles hoy, la participación ciudadana puede ser ágil y concreta, siempre que el vecino también se comprometa.
En ese marco, trae un dato que sacudió la conversación: la tasa de natalidad en las ciudades bonaerenses viene cayendo casi un 50% en la última década. «Si antes éramos el doble y alcanzaban las escuelas, ahora que somos la mitad, ¿para qué vamos a hacer una escuela nueva?», pregunta. Para La Menza, estos números obligan a revisar políticas públicas que se diseñan mirando el retrovisor.
SMART CITY
Uno de los conceptos que La Menza se encarga de desmitificar es el de «ciudad inteligente». «Hay un error: mucha gente cree que tener tecnología incorporada ya transforma a una ciudad en una smart city», señala. Para ilustrarlo recurre a un ejemplo concreto: las baldosas táctiles del aeropuerto de Santa Rosa, que guían a personas con discapacidad visual mediante relieves. «Ahí tenés una inteligencia sobre un objeto, sin internet, sin aplicaciones. Eso también es tecnología. Malentendemos el concepto».
Para él, una ciudad inteligente es aquella que aplica la tecnología para generar transformaciones transversales, no la que digitaliza por digitalizar. Y pone el acento en un riesgo frecuente: implementar soluciones digitales en comunidades donde una parte significativa de la población no sabe usar aplicaciones. «Si tenemos una brecha digital, de nada sirve decir que tenemos internet en toda la ciudad». Su propuesta es un modelo mixto: quien quiera hacer la licencia de conducir de forma digital, que pueda hacerlo; quien prefiera el trámite presencial, también. Sobre todo en pueblos donde la fila del municipio es también un espacio de encuentro social.
«El jubilado que va a renovar la licencia cada año y se junta con un vecino en la fila genera un vínculo social. Eso también es necesario. No todo tiene que ser un chatbot.»
A lo largo del diálogo, La Menza vuelve una y otra vez a tres ejes que considera imprescindibles para transformar las ciudades. El primero es la participación ciudadana genuina: el vecino como protagonista del diagnóstico territorial, no como receptor pasivo de obras decididas desde arriba. El segundo es un diagnóstico sincero del Estado: saber qué nivel de madurez tecnológica tiene cada comunidad, qué demanda sus ciudadanos y qué capacidad real existe para satisfacerla. El tercero, y el que más le preocupa, es la voluntad política. «Estas transformaciones son a largo plazo, pero la agenda de la gestión siempre es a corto plazo. Cada dos años hay elecciones y los proyectos de fondo se paralizan».
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Como abogado, reconoce que siente la IA como una amenaza potencial para su profesión: «Hoy las cartas documento que arman están buenas, te hace un fallo, una firma digital y listo». Pero inmediatamente se corrige: «Hay que reinventarse, aprender a usarla y sacarle el mayor jugo posible». Lo que más le inquieta no es la tecnología en sí, sino la velocidad del cambio. «Antes una innovación tardaba diez años en llegar a Argentina y quince en llegar a un pueblo. Ahora es cuestión de milésimas de segundo».
En ese contexto, advierte sobre fenómenos que hace una década eran impensables: la ludopatía adolescente a través del celular, las estafas digitales, el grooming, el peso adictivo de las redes sociales. Menciona leyes recientes en China y Nueva York que intentan poner límites al uso de plataformas por parte de menores. Y dispara una pregunta incómoda: «Estamos hiper conectados y al mismo tiempo totalmente desconectados. ¿Cuántos besos nos dejamos dar por el uso del WhatsApp?».
TRENQUE LAUQUEN, 150 AÑOS
Hay un pasaje de la conversación en el que Lamenza señala algo que pocos se detienen a pensar: Trenque Lauquen, que este año cumple 150 años, fue en su origen una ciudad vanguardista. Diseñada con boulevares, arbolado y una lógica de planificación que para la época era excepcional. «Para ese momento era una smart city», afirma. Y agrega una pregunta: «¿Por qué no se siguió implementando algo que ya hace 150 años daba frutos?». El mismo paralelo traza con La Plata, diseñada en 1882 con diagonales pensadas para la movilidad, pero rodeada décadas después por barrios periféricos sin esa misma lógica.
El orgullo de Trenque Lauquen, dice, es su arbolado. Y el desafío es sostener esas políticas públicas que alguna vez marcaron una diferencia.








