Nicola Bonavita, el hombre que aprendió a trabajar antes que a leer

A los 86 años, el italiano que llegó a la Argentina con nueve y cuidaba ovejas en la nieve de Potenza sigue yendo todos los días al campo y a las obras.

El día de la entrevista, Nicola Bonavita ya había estado con el arquitecto. A la mañana había pasado por una reunión por una obra y, después de la charla, todavía le quedaba ir a ver cómo avanzaba una esquina que viene construyendo. Tiene 86 años, dice que está bien de salud y que sigue «laburando». Cuando se le pregunta por qué, la respuesta no tiene nada de nostálgica: si uno deja de hacer cosas, pierde el contacto con la gente. «Y al no hacer nada, la mente se atrofia».
Saca su teléfono celular y muestra una imagen en 3D de un diseño de arquitectura: aquí funcionarán tres locales comerciales, dice y señala con el dedo mientras muestra el próximo de sus proyectos que también estará en el acceso García Salinas como otros que ya ejecutó en ese lugar. Se muestra muy activo y vital. Pero para entender a este hombre, hay que empezar bastante antes: en una montaña del sur de Italia, durante la segunda guerra mundial.
POTENZA, 1940
Bonavita nació en Potenza, en el sur de Italia, «casi en el taco de la bota», en plena guerra. A su padre lo conoció a los cuatro años. Lo vio entrar vestido con un capote militar y no supo quién era: su madre tuvo que explicarle que ese hombre era su papá. Había estado ocho años bajo bandera, cuenta.
El trabajo le llegó mucho antes que la escuela. A los cinco años cuidaba ovejas en la nieve, y ya tenía un método: armaba una bola de nieve, la hacía rodar montaña abajo y la nieve se llevaba puesta la capa blanca, dejando el pasto al descubierto para que los animales pudieran comer. Fue apenas un año y pico a la escuela italiana. La posguerra era dura en el sur de Italia, y ahí «no había para comer».
Su padre decidió que la familia se iría. Las opciones eran dos, Argentina o Venezuela, y en ambos casos hacía falta alguien que los llamara y les asegurara trabajo. Tenían un tío en la Argentina con campo, «que andaba muy bien» y necesitaba gente. Viajaron en el vapor Marco Polo, «uno de los últimos viajes que hizo» el barco a Buenos Aires, y de ahí siguieron en tren hasta Bocayuva, en el partido de Pellegrini. Nicola tenía nueve años.
LA TIERRA QUE VOLABA
Vinieron a “hacer la América” pero lo que encontró no se parecía en nada a lo que había dejado. «Volaba tierra. Todo lleno de tierra. Era terrible». En uno de los puestos donde trabajó con unos primos, vivían en un rancho de barro con bisagras de cuero y una puerta que abría hacia afuera. Con los vientos, la tierra se acumulaba de tal modo durante la noche que a él, el más chico, lo sacaban por la ventana con una pala para despejar la puerta y poder abrirla. Sobre eso, los cardos rusos que rodaban por el campo.
A las cuatro de la mañana se levantaba a preparar los caballos de su padre, porque tractores casi no había. Después, a la escuela. Por la tarde, a vender mandarinas en el pueblo. Hoy lo resume sin dramatismo: «Fue terrible, pero bueno. Acá por lo menos comíamos».
Pasados cinco años en Bocayuva, la familia dio el paso que cambiaría su historia. El padre quería comprar una quinta, porque la madre era quintera y le gustaban las plantas, pero los parientes no querían: eran cuatro los que trabajaban y nadie quería perder esos brazos. Fue la madre quien resolvió el asunto: «vamos a Trenque Lauquen». Y se vinieron.
Acá el padre entró a hacer mantenimiento al frigorífico regional, y los hijos se repartieron el trabajo como pudieron. Nicola fue a buscar barras de hielo en bicicleta, trabajó en la fábrica de fideos Bruzón, fue canillita del diario La Opinión y llevaba y traía ropa para una tintorería. Los fines de semana agarraba un rastrillo y una pala y tocaba timbre en las casas para ofrecerse a limpiar el jardín. Su madre le había puesto un límite claro: comida, sí; todo lo demás, a ganárselo.
Mientras tanto estudiaba en la Escuela Técnica, donde conoció a Ricardo Reparaz, que sería su socio durante casi 30 años. Cuando se recibieron, una empresa fue a buscar a los mejores promedios y los primeros en conseguir trabajo fueron ellos dos. Bonavita recuerda el peor de todos sus empleos: un turno noche en un torno. «Hasta las dos de la mañana lo pasaba bien. De las dos a las seis no pasa nunca».
LA RECTIFICADORA, LOS TRACTORES Y LA TIERRA
Hacia 1964 o 1965, con 22 o 23 años, él, Reparaz y un tercer socio, Sánchez, compraron una rectificadora (Trenque Lauquen), a pagar en 12 años. Trabajaban día y noche, empezaban a las seis de la mañana, y con el tiempo levantaron entre los tres el edificio donde hoy funciona. Con cuatro personas, contando al administrador, producían lo mismo que un taller competidor en General Pico con 30 empleados. «A base de sacrificio», insiste.
De esas ganancias salió lo que vino después. Los socios se sentaron y concluyeron que lo único realmente seguro, en el país o en el mundo, era la tierra: «la tierra es siempre la misma». Empezaron a comprar campo y una concesionaria de tractores (Trío) que llegó a ser primera en el país en ventas en caballos de fuerza, lo que le valió un viaje pago al Caribe, recuerda.
La sociedad duró 27 años y era tal la confianza y hermandad “que ni papeles hacían”. Cuando llegó la hora de separarse, repartieron los tres campos de una manera que todavía le divierte contar: cada uno escribió en un papel cuánto valía cada lote, promediaron los valores y sortearon. Bonavita se quedó con uno en el partido de Rivadavia, en la zona de América, entre las rutas 70 y 33.
EL COMPRADOR DE HACIENDA
Llegó al campo y se frenó de golpe. «Venía a 200 por hora y me pararon». Fue entonces cuando lo fueron a buscar de una firma consignataria de hacienda, donde trabajó 5 años. El campo, mientras tanto, creció. «Lo tripliqué». Hoy tiene 1500 hectáreas. Hace tres años se sumó su hijo, a quien le va dejando de a poco la conducción.
El campo de Bonavita, según cuenta, no se parece a ningún otro. La entrada, de mil metros, está toda empedrada, igual que los caminos internos y los de carga. Tiene gallinas, chanchos, corderos y lechones. Aplicó al campo la lógica de una rectificadora: orden, limpieza, precisión. «En mi campo no va a haber ni un pucho de cigarrillo. El campo es donde se produce el alimento. No puede haber mugre».
LA ARQUITECTURA
Una de las acciones empresarias que desarrolla y lo apasiona tiene que ver con la construcción de locales comerciales que luego alquila. El interés por sus locales llegó por el martillero y desarrollador Rubén Bottini, que no paraba de mencionar sus obras. Eligió locales y no departamentos porque en un local grande trata directamente con empresarios.
No quiere que se lea solo como negocio. «Me gusta que la ciudad sea linda, que sea prolijo, que sea bueno. La estética también vale». Trabaja siempre con arquitectos y con el mismo equipo de albañiles, plomeros y electricistas. Entre sus locales más destacados se encuentra en la frutihortícola, el de Jeep y el de Reims. Ahora ejecuta uno nuevo donde funcionó la fábrica de muebles Dyprom.
Menciona que el test de orientación vocacional de la escuela secundaria le resultó que debía estudiar arquitectura. Además fue colaborador del Club de Leones, del INSR y de la Sociedad Rural.
No todo es trabajo. Nicola abre un cajón de un mueble y muestra una veintena de cuchillos que confecciona él mismo, como un hobby y pasatiempo.
Para cerrar, Bonavita habla de lo que Trenque Lauquen significó en su vida. «Me dio todo. Trenque Lauquen es la Argentina» y menciona que la Escuela Técnica “lo salvó”.
Su fórmula personal –subraya- es sencilla. Hace falta talento, hace falta el don, pero sobre todo hace falta trabajo. «Yo crecí trabajando sábado, domingo, lunes. No conozco cancha de fútbol, ni me interesa». El fin de semana es, justamente, cuando más se produce. Lo dice sin soberbia, como quien describe el clima. Después se levanta: lo esperan en una obra.

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