Pablo Reyes: «La salud es un derecho social y se necesita de un Estado presente”

En lo local, sostuvo que hace falta fortalecer más los centros de atención primarios en los barrios.

El Dr. Pablo Reyes analiza en esta entrevista qué significa hoy hablar de «crisis de salud», el rol de la salud mental, el desfinanciamiento del sistema y el futuro del primer nivel de atención en Trenque Lauquen.
— Se habla mucho de que la salud está en crisis. ¿A qué se refiere ese concepto? ¿Realmente lo está?
-Podemos empezar diciendo que la salud es un derecho, un derecho social de rango constitucional: la salud es un derecho, hay un acuerdo sobre eso. Tenemos una política institucional que lo sostiene a través de la atención primaria de la salud, presente en los proyectos de nación, provincia y municipio. Esto implica que las instituciones del Estado deben adelantarse a los padecimientos, prevenir la enfermedad y no solo atenderla. El problema es que en este esquema tenemos recursos escasos en un área que ningún gobierno quiere, porque es una zona donde hay gastos y no hay retorno. Es el ejercicio de un derecho. Cuando uno va a operar las instituciones, la realidad es que hay un determinado presupuesto para mover toda la máquina, estructura, procesos, personas, que efectiviza ese derecho: atendiendo gente, haciendo cloacas, sosteniendo los centros de salud barriales.
— Usted conecta la enfermedad con lo social, lo psicológico y lo económico. ¿Por qué?
-Porque cuando uno analiza la enfermedad hoy, descubre que en gran parte entra lo social y lo psicológico. Lo económico está jugando fuerte en la cabeza de la gente, sumado a un contexto de aislamiento social de personas mayores por ejemplo. Esa población crece mucho, y proporcionalmente hay muchas personas —sobre todo mujeres— que sobreviven y viven solas. Nos encontramos con esa problemática todo el tiempo. Cualquier espacio de encuentro está produciendo salud mental, en todos nosotros. Como decía Alicia Stolkiner, una referente muy importante de la salud mental: sin salud no hay salud mental.
— ¿Es ese el capítulo que más le preocupa dentro de la crisis?
-Es el que está explotando. Podemos hablar de un desfinanciamiento del sistema de salud en general. Hay distintas capacidades de sostenimiento: hay municipios que no pueden sostener el sistema de salud. Nosotros sí, pero estamos justos, no nos sobra nada. Los municipios más chicos tienen problemas para ofrecerle a sus ciudadanos ese derecho mínimo.
— ¿Dónde se va el dinero del sistema de salud?
-Con las políticas neoliberales, de ajuste, de odio al Estado la mitad del presupuesto nacional de salud se lo llevan los medicamentos. La tecnología hospitalaria también consume muchísimo dinero. La salud cuesta caro, primero. Y como cuesta caro, están las empresas que se aprovechan, los monopolios, la cartelización de las farmacéuticas: acá podés acceder a ciertos medicamentos, pero por ejemplo en España un comprimido puede costar cien veces menos. ¿Por qué? Porque esa marca no se vende para Latinoamérica. Esa es la cartelización. Frente a eso hace falta un Estado fuerte, nacional, que se enfrente a esos intereses capaces de crear leyes a su medida.
— ¿Qué pasó con las obras sociales?
-Cuando se desregula la obra social, las que son solidarias empiezan a perder a las personas que más ganan —que son las que más aportan, porque esa es la idea de solidaridad: el que más gana pone más y el que menos gana pone menos, para un servicio igual para todos—. Esa gente que más ganaba pudo moverse a una prepaga, y entonces las obras sociales se desfinanciaron.
— ¿Qué pasa puntualmente con IOMA?
-IOMA anda bien en muchos lados y en otros no tanto. Tiene que ver con que una obra social federada discute sus valores con otro peso, mientras que en una comunidad chica esos valores se discuten con menos fuerza. Cada consulta es una negociación, no está establecido de antemano.
-También hay que decir que paga tarde, es una queja de los prestadores.
– Es una obra social que hace mucho viene recibiendo los golpes de un sistema desfinanciado. Lo mismo pasa con los copagos: no debería haberlos con IOMA, pero los hay en todos lados. Eso nos preocupa mucho, porque hay gente con IOMA que tiene certificado de discapacidad, y la obra social debería ayudar a equiparar diferencias, pero estos copagos —en laboratorio, en farmacia— terminan siendo una barrera de acceso.
— ¿Y PAMI?
-PAMI se vino abajo. No es el PAMI de antes, el que era un orgullo, el que cubría lo que ninguna otra obra social cubría. En mi caso, como médico de cabecera de PAMI, me toca ver gente que está muy mal por no poder acceder a los medicamentos, justamente por los copagos.
— ¿Cómo impacta todo esto en el hospital local?
-Hay una sobrecarga del hospital, porque la gente que pierde su trabajo pierde también la obra social y no tiene otra opción. Y no se ve en el horizonte que eso vaya a cambiar: no van a aparecer más empresas contratando gente con obra social. Ahora bien, no creo que el hospital gaste mucho; al contrario, hay una administración eficiente. Hoy se recupera más dinero que antes: cuando vas a la guardia con obra social, la ponés, y eso reduce las fugas de plata hacia lo privado. Lo que sí es justo decir es que el sistema atiende más gente y le llega menos dinero de Nación, producto de políticas que están estrangulando a las provincias y usando ese mecanismo para condicionar a los gobernadores.
— ¿Qué opina de la idea de cobrarles a los extranjeros como solución al sistema de salud nacional?
-Me parece una locura. Si la salud es un derecho, tenemos que tener un sistema preparado para eso. Las personas que vienen de afuera son una minúscula parte, y además consumen en el territorio donde están porque también necesitan atención. Para mí es un orgullo nacional que venga gente de Perú, de Bolivia, de los países limítrofes, porque acá encuentran cosas que no tienen en el suyo. Es un tema de hermandad latinoamericana: tenemos que vernos como parte de algo más grande, en un mundo que ya es global, con una lectura que también tiene que ser geopolítica.
— ¿Hacia dónde debería crecer el sistema de salud local?
-Trenque Lauquen tiene una estructura muy rica, muy potente; el que conoce otros sistemas de salud viene y no puede creer los servicios que tiene. Ahora lo que falta es hacer crecer el primer nivel de atención, en línea con el Plan Quinquenal de Salud que el municipio firmó con la provincia. Falta que el sistema termine de reorganizarse: la puerta de entrada debería ser de proximidad, en los centros de salud de cada barrio. Primer nivel quiere decir centro de salud, salita: ahí van los clínicos, los pediatras, los generalistas. Eso en un momento funcionó así, pero el proyecto no terminó de madurar. Fortalecer el primer nivel va a redundar en muchos menos costos. Hacen falta más centros de salud —por ejemplo en zonas como la AU que hoy ya es como un pueblo— pero tampoco alcanza con mandar más médicos si no hay consultorios donde atender.
— ¿Cómo evalúa el trabajo en salud mental comunitaria?
-Estoy contento con salud comunitaria, está trabajando lindo. Hay una red de talleres pensada desde la perspectiva de la ley de salud mental, en línea con el centro de salud mental que se creó recientemente. También contribuimos desde el movimiento con una mesa de salud mental. La respuesta a la salud mental es sobre todo comunitaria, y cuando decimos comunitaria no significa que «la comunidad se las arregle sola», sino que necesitamos tejer redes, generar espacios de encuentro, que la gente sienta que pertenece a un grupo —sea una sociedad de fomento, un club, un sindicato, un partido político, un grupo de tejo—. Participar es lo que nos va a salvar. Siempre pensamos en más psicólogos, en más psiquiatras, pero no hay manera de alcanzar a todos solo así.

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