Pettiná, Manazzi y Sangla, 45 años después: sin olvido, perdón ni justicia

¿Cuántas veces hemos escrito palabras muy parecidas, al llegar una fecha trágica para tres familias de Trenque Lauquen? ¿Es posible no repetirse, si año tras año las desapariciones forzadas de Héctor, Ricardo y Rodolfo siguen quedando impunes?   Hace muchísimos años que Carolina, la mamá de Héctor, no está para…

¿Cuántas veces hemos escrito palabras muy parecidas, al llegar una fecha trágica para tres familias de Trenque Lauquen?

¿Es posible no repetirse, si año tras año las desapariciones forzadas de Héctor, Ricardo y Rodolfo siguen quedando impunes?

 

Hace muchísimos años que Carolina, la mamá de Héctor, no está para reclamar novedades sobre su hijo, que apenas había comenzado a estudiar la carrera de Medicina en la Universidad de La Plata cuando lo secuestraron.

Pasaron tres años y medio sin que Elena, la mamá de Rodolfo, una referente insoslayable del reclamo de Verdad y Justicia en Trenque Lauquen durante 35 años, nos pueda acompañar en los actos y marchas que tanto tiempo encabezó.

Sólo Mery, la mamá de Ricardo, puede expresar en este 2022 el dolor, la bronca y la impotencia de no saber algo del destino de su hijo y sus dos compañeros de carrera en la Facultad de Medicina. Ya no está a su lado Don Ricardo, el papá de ‘Richard’, que tantas veces la acompañó a las Plazas de la Memoria.

 

No obstante, siempre quedan y quedarán familiares (hermanxs, sobrinxs, sobrinxs nietxs) capaces de continuar recordándolos, ansiando que sus asesinos genocidas sean juzgados y condenados. También estamos lxs vecinxs no emparentados con alguno de los tres, pero que sentimos la necesidad de ejercer «el deber de Memoria», lo cual nos lleva cada 15 de junio a nombrarlos especialmente.

 

Rodolfo Pettiná era el mayor de los tres, pero apenas tenía 23 años cuando lo arrancaron del Centro Universitario de Trenque Lauquen en La Plata. Cursaba el tercer año de la carrera de Medicina, y tuvo el coraje de gritarles a los genocidas que lo llevaran a él solo, que no secuestraran a «los pibes». Tanto Héctor Manazzi como Ricardo Sangla tenían 19 años, y estaban cursando el primer año de Medicina; se los llevaron igual, ¿por qué le iban a hacer caso a uno de los condenados, que clamaba clemencia para los otros dos?

 

Lo más probable es que sus secuestradores, torturadores y asesinos hayan quedado impunes, ya fallecidos o en su casa (salvo que Etchecolatz, Garachico, o algún otro de los pocos represores participantes del «circuito Camps» juzgados, hayan tomado parte personalmente en los crímenes de los que fueron víctimas).

 

Por eso decimos que cuarenta y cinco años después de aquella madrugada del 15 de junio de 1977, no existen el olvido, el perdón o la justicia.

 

No olvidamos a Héctor, Ricardo y Rodolfo, no perdonamos a sus verdugos, pero tampoco quedan esperanzas fundadas de que este Poder Judicial, corrompido sobre todo en la cúpula (con una Corte Suprema que solamente atiende los intereses y necesidades de los poderes económicos concentrados, y que ni siquiera suele confirmar condenas a los genocidas), sea capaz de darles Justicia a estos tres jóvenes que no pudieron ser médicos, y a sus familiares que reclaman por ellos desde hace casi medio siglo.

 

Texto de la Comisión de Derechos Humanos

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