La iniciativa que ayer cumplió ANIN tiene dos lecturas. Por un lado es una buena noticia que su actividad se difundiera tan rápido y mucha gente se hiciera eco para ir a buscar ropa que se regalaba y por otro lado es una mala noticia porque es el termómetro social acuciante de nuestros días.
Así lo entendió también Sandra Moro de ANIN en diálogo con este diario tras la actividad concretada ayer. “Siempre hacemos feria de ropa, es una de las fuentes de ingresos más importantes de nuestra ONG, pero ante la cantidad de ropa acumulada recibida de donaciones y para que no quedara para el próximo año, decidimos abrir y donarla” contó la vecina.
Por un lado, es “bueno porque la cosas salieron, recirculan y llegan a quien lo necesita, por otro lado es malo porque marca la situación difícil que estamos viviendo”, indicó. El éxito de la jornada de ayer, llevó a los organizadores en pensar en una nueva para el próximo mes en la que se pedirá un alimento como contraprestación, de modo simbólico, aunque no será una condición. Esos alimentos irán a los talleres de cocina.
Con un equipo de nutricionistas, una trabajadora social, una psicopedagoga y docentes que reciben a los chicos en dos salitas, el Centro CONIN de Trenque Lauquen —vinculado a la Asociación para la Nutrición Infantil, ANIN— sostiene desde hace años un trabajo silencioso: prevenir la desnutrición infantil y acompañar la recuperación de niños de cero a cinco años junto a sus familias.
Moro explicó en diálogo con La 96.5 FM que la institución trabaja habitualmente con un promedio de 20 a 22 familias por mes, un número que no responde a una demanda acotada sino a la capacidad real de atención: «Es lo que tanto la capacidad de los profesionales como la capacidad de Alicia nos permite», señaló, en referencia al espacio físico donde funciona el centro. Los niños asisten con sus maestras a las salitas, mientras las madres participan de talleres por la tarde, una dinámica que demanda tiempo y dedicación exclusiva del equipo profesional.
El primer criterio para admitir un nuevo caso es el estado nutricional de los niños, aunque también se evalúan las necesidades generales de cada familia. Según Moro, la demanda real supera ampliamente los cupos disponibles.
Consultada sobre si todavía aparecen casos de desnutrición infantil en el distrito, Moro fue clara: «Afortunadamente cada vez menos». Atribuyó ese resultado a un sistema de salud pública local que calificó como «un lujo» comparado con otros distritos, con detección temprana de bajo peso tanto en recién nacidos como en embarazadas, gracias al trabajo articulado entre el hospital, las salitas de los barrios, los CAPS y los jardines maternales municipales. CONIN, además, integra una red de centros a nivel nacional y latinoamericano, lo que le permite comparar su realidad con la de otros distritos donde la situación es más crítica.
Sin embargo, advirtió que sí persiste —en Trenque Lauquen y en el resto del país— un problema de malnutrición vinculado a los malos hábitos alimentarios, que atraviesa a todas las clases sociales y no depende únicamente de la disponibilidad económica. A esto se suma el encarecimiento de frutas, verduras y proteínas de buena calidad, que complica el acceso a una alimentación saludable incluso para quienes cuentan con la información necesaria.
Un equipo multidisciplinario detrás de cada caso
Moro detalló el circuito que atraviesa cada ingreso al centro. Cuando una embarazada o un niño se incorpora, lo primero es la evaluación nutricional a cargo de las nutricionistas Gabriela Gastaldi y Eugenia Urra. El trabajo de campo y la primera aproximación a las familias corre por cuenta de la trabajadora social Agustina Moradas Magrotis, mientras que la psicopedagoga Lotti Maggiorini evalúa el desarrollo de cada niño. A partir de ese diagnóstico, y si es necesario, se articula con otras instituciones según las características de cada caso.
Durante las tardes, los chicos permanecen en dos salitas: una de bebés, a cargo de Marian Gutiérrez, y otra de niños más grandes, con Carolina Martínez. Mientras tanto, las madres participan de talleres: uno de cocina, dictado por Jorgelina Perdomo, y otro de costura, a cargo de Julia Palacios. «Son el pilar fundamental de la institución. Ellas son las que trabajan a diario con las mamás y los niños», destacó Moro.
El taller de cocina, en particular, funciona como una herramienta central de trabajo sobre los hábitos alimentarios: las nutricionistas colaboran directamente con la profesora para enseñar a elegir, combinar y cocinar ingredientes de manera que potencien su valor nutricional, incluso con presupuestos ajustados. «Con los mismos ingredientes se puede hacer una comida de mala calidad nutricional o una que realmente aporte buen valor, gastando lo mismo», explicó.
Cómo se sostiene el centro
El financiamiento de CONIN combina un sistema de socios —con una cuota mensual actual de aproximadamente 5.000 pesos, equivalente a dos o tres litros de leche— y donaciones espontáneas de la comunidad. Hoy la institución cuenta con entre 200 y 300 socios, un número que, según Moro, debería crecer para dar mayor estabilidad económica al centro, ya que las donaciones puntuales no garantizan continuidad en el mantenimiento diario.
Entre los apoyos permanentes, mencionó la donación semanal de leche para todas las familias por parte de la empresa láctea local La Serenissima, además de un vale de descuento en carne que la propia comisión directiva afronta con fondos propios pese al esfuerzo económico que representa. «Tranquilos, nunca. La verdad que no, estamos necesitando de la ayuda de la comunidad para poder seguir trabajando con los profesionales que tenemos, con los talleres que tenemos, sin bajar la calidad de la atención», resumió Moro sobre la situación actual.









