Patricia Mansilla convirtió el dolor en un proyecto gastronómico que hoy alimenta a cientos de vecinos
En una casona centenaria del centro de la ciudad el sol se cuela con fuerza por el patio al que da una extensa galería. Son los últimos días del año y a la mañana se corre para hacer tareas de limpieza, cocina y preparativos. Este es el lugar donde Patricia Mansilla construye un sueño que nació de la necesidad y creció a fuerza de trabajo y pasión por la cocina. «Mi Vianda» no es solo un comercio gastronómico: es una historia de superación.
Hace ocho años, Patricia atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida. Tras perder a su madre, sentía que necesitaba un refugio, algo que le permitiera reconectarse consigo misma. Fue entonces cuando su hermana menor le propuso dedicarse a aquello que siempre le había gustado: la cocina.
«Siempre trabajé en gastronomía en relación de dependencia, con distintas personas», recuerda Patricia. «Pero en ese momento particular de mi vida, una de mis hermanas me dice: ‘Vos tenés que dedicarte a esto que te gusta, a ver si podés salir'».
Así comenzó, tímidamente, tomando pedidos para fiestas y preparando pollos arrollados. Luego llegaron las viandas. Apenas 10 ó 12 porciones diarias que preparaba en su propia cocina. «Pasaba el menú por teléfono: tres opciones, un menú tradicional, saludable y otro vegano», explica. Lo que parecía un emprendimiento modesto se transformó rápidamente en algo mucho mayor.
EL BOCA EN BOCA QUE CAMBIÓ TODO
La calidad de su comida hizo el resto. «Se fue pasando de boca en boca», cuenta Patricia con una sonrisa. «Llegamos a vender más de 100 viandas cada mediodía. Era una locura». El crecimiento la obligó a contratar personal y a reinventarse constantemente para adaptarse a las necesidades de sus clientes.
Cuando llegó la pandemia, ese momento que paralizó a tantos negocios, Patricia volvió a demostrar su capacidad de adaptación. «Me agarró el ataque y digo: ¿yo qué hago? Bueno, la gente encerrada», recuerda. Su respuesta fue crear combos especiales para quienes estaban en cuarentena: hamburguesas, pastas, incluso sopas congeladas en bolsas. «Vendí cantidad», asegura.
En 2023 dio un salto crucial. Patricia decidió abrir un local al público en la calle 9 de Julio en pleno centro, con un sistema innovador: comida al peso exhibida en bandejas. «La acción de entrar, ver, elegir y llevarte lo que necesitas fue un cambio clave».
El éxito fue inmediato. «El primer día que abrí, a la media hora me quedé sin comida. Casi me da un ataque», ríe ahora al recordarlo. Llegaron a ofrecer 40 variedades de comida caliente y 18 ensaladas. «Era el sistema lo más democrático», sostiene. «Te llevabas un pollo a la suiza y un arroz blanco por el mismo precio, porque era el kilo».
EL GRAN SALTO: LA CASONA CON PATIO
En septiembre de este año, «Mi Vianda» se mudó a su ubicación actual en calle San Martín, a metros de la Plaza principal, una casona del siglo pasado, como esas que se ven en las series de Netflix. En la parte de adelante, se venden las viandas y la comida al peso, en el patio de noche se abre el restorán bajo las estrellas. Un planazo.
“Hicimos un gran trabajo para acondicionar el lugar. Los fines de semana abrimos el patio con parrilla, picadas, ensaladas libres. Tenemos bife al disco, lechón asado, parrillada completa, ensaladas. Bien de verano», enumera. “La semana pasada inauguraron el servicio de patio con música en vivo y la respuesta del público superó las expectativas”. Con capacidad para 48 personas sentadas, el lugar se llenó por completo.
¿Cuál es la clave que mantiene a «Mi Vianda» vigente después de ocho años? Patricia lo tiene claro: «Yo siempre pienso como si yo fuera cliente. Me siento y digo: a ver, ¿qué me gustaría tener?».
Esa filosofía la llevó a crear el menú diario, luego las viandas congeladas para quienes no podían ir a buscar, después el sistema al peso, y ahora el patio con parrilla. «Siempre tratando de ver qué es lo que la gente necesita y acomodándome», explica. «Es la supervivencia de los argentinos».
Con una lista de difusión de casi 300 personas a las que envía novedades diariamente, Patricia mantiene un vínculo cercano con sus clientes. «Tenemos clientes de años», asegura. «La gente viene y se pone a charlar, pasan por la parrilla, se meten a la cocina. Ya es como de la familia».
UNA FAMILIA MUY UNIDA
«Mi Vianda» es un emprendimiento totalmente familiar. Patricia cocina junto a las mismas empleadas que están con ella desde el inicio, mientras su pareja se encarga de la parrilla y su hijo, ahora de vacaciones, ayuda en la caja. «Atendemos nosotros. La gente nos ve todo el tiempo», subraya.
El camino no fue fácil. Desde su casa hasta el local en Castelli, y de ahí al centro, cada mudanza implicó inversión, riesgo y miedo. «Durante muchos años siempre íbamos invirtiendo las ganancias para tener herramientas, heladeras, mesas, sillas, siempre fueron tiempos de esfuerzo y mucho trabajo”.
Los planes para la casona incluyen habilitar los ambientes interiores durante el invierno para ofrecer platos elaborados, sumar música en vivo los viernes, y seguir creciendo al ritmo que la demanda lo permita. «Todo es a recontra pulmón», dice Patricia. «A medida que vamos teniendo, lo vamos acomodando».
Mientras tanto, cada mañana a las 8, Patricia y su equipo comienzan a preparar las bandejas de comida con más de 35 variedades que estarán listas al mediodía. Y cada viernes y sábado a las 6 de la tarde, se enciende la parrilla del patio para recibir a las familias que buscan un lugar cálido, con buena comida y ese trato cercano que solo un negocio familiar puede ofrecer.
De la cocina de su casa al corazón del centro: la historia de Mi Vianda
La historia de Mi Vianda, el emprendimiento de Patricia Mansilla que muestra la resiliencia y una familia unida que todo lo puede lograr.

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