Pueblos

Mira Pampa, el hilo de la historia

Dice Laura Montero, que en Mira Pampa hay un hilo, que se transforma en lana, en cuerdas de guitarra, en soga de mástil y zigzaguea en los rieles y el andén buscando las historias de un pasado que ya es lejano, que trae a la memoria ruidos, movimientos y rostros que ya no están. Como tampoco están las vías, ni el tren, ni la panadería, la carnicería ni los goles en la canchita ni las tardes de clásico ante Agustoni.

Laura escribió un cuento para el centenario de Mira Pampa, la localidad del partido de Rivadavia, en la que nació y vivió hasta sus 21 años. La letra es una manera de homenajear a su tierra por el centenario y refiere a un tiempo que ya no está pero lo hace de gran manera que hasta nos hace imaginar esas calles repletas de gente y de vida.

Es una historia sentida de su pueblo. La plaza principal se llama como su abuelo Alfredo Manuel Alvarez. Hoy dos chicos juegan allí, en calles de silencio en una ciudad a la que le quedan 40 habitantes y dos o tres hitos de pie como el viejo almacén de los Mongiardo, un museo viviente; la escuela 10 que tiene varios alumnos provenientes en gran medida de la zona rural y la vieja estación del Ferrocarril.

En Mira Pampa se termina la provincia. A mil metros se dibuja el Meridiano Quinto y luego La Pampa. Es un trazado urbano superpoblado de viejas casonas con cornisas altas, puertas de madera y ladrillos que hacen malabares para sostenerse. Signos que allí hubo pujanza y muchos vecinos que decidieron vivir allí. “Estaba instalada acá la playa de maniobras del Ferrocarril, era punta de riel y entonces tenía mucho movimiento. Venían de Quemú Quemú y Pico a buscar la mercadería que llegaba en el tren” cuenta Montero, hoy la Directora de Cultura de la Municipalidad.

“Cuando yo era chica, había dos almacenes, carnicería, panadería, el correo, el teléfono público, teníamos un equipo de fútbol, la escuela tenía 40 alumnos, eso es recuerdo porque hoy no está” dice Montero.

El quiebre como en todos estos pueblos fue el servicio del Ferrocarril. Se paró el tren y se detuvo el tiempo. Hay dos surtidores de nafta en la calle, sobre el viejo almacén que, claro, ya no funcionan, y un teléfono público que sí funciona, conserva su cabina en impecable estado. También está bien sostenida la estación del FF.CC., la escuela y la plaza.

Nos vamos. No hay ruidos. Sólo el viento y el sonido de pájaros a lo lejos. Las calles en silencio te acompañan en la recorrida hasta la salida, como si el hilo que se transforma en lana, en cuerdas de guitarra y gargantas llena de gol se enredara en tus pies, sujetando el pasado y diciendo que siempre es hoy.