Cristina Cerdá, la nueva Fortinera que plantea el discurso de la inclusión

Lleva más de 30 años vinculada al Taller Protegido Peñi Huë. Su distinción la impulsa a poner en agenda los desafíos pendientes de la inclusión en la ciudad.

Cristina Cerdá, docente jubilada y miembro de la comisión del Taller Protegido Peñi Hué desde hace más de 30 años, fue coronada Fortinera Trenquelauquenche durante los festejos 150 del aniversario de Trenque Lauquen. La noticia la sorprendió y la emocionó, pero sobre todo la comprometió.
«Me pusieron en la comisión porque no conseguían gente», cuenta con humor y sin falsa modestia. Fue durante sus años de estudiante, mientras cursaba educación especial y recorría establecimientos de la ciudad, que Barragué —»el alma del taller durante años»— la convocó. Desde entonces no se fue. Y cuando por fin el reconocimiento llegó, Cristina ya tenía claro qué quería hacer con él.
«Para mí es una actitud un poco egoísta: significa un placer ayudar en mil cosas. Te sentís útil. Son formas de ser”.
La figura de la Fortinera ha cambiado con los años. Cristina lo sabe y lo celebra. «Antes era por lo físico, por la belleza, por el cuerpo que los clubes presentaban. También era un sueño ver eso», recuerda con ternura. «Pero ahora se ha modificado y es a través de una labor, de cualquier tipo de labor comunitaria”.» Ella misma lo grafica con una broma que es también una reflexión: «Luego me tendrían que haber avisado si yo adelgazaba un poco, porque eran todas flacas las fortineras”.
Más allá del chiste, la distinción le pesa en el buen sentido. Le gustaría usar el título para hacer visible todo lo que falta en materia de discapacidad: «Me gustaría trabajar ese aspecto para trascender a la sociedad las cosas que nos faltan”.
Para explicar qué es lo que falla, Cristina recurre a un ejemplo cotidiano y poderoso: «Si vos estacionás una moto en una vereda y viene un ciego, se la va a llevar por delante. Yo no creo que el que la estaciona lo haga a propósito, pero es la indiferencia, o el desconocimiento por ahí también”. Ese espacio entre la mala intención y el descuido es, para ella, el terreno donde hay que trabajar.
En la misma línea, menciona una rampa de hotel construida con una inclinación peligrosa, o la biblioteca pública con escalones que impiden el acceso a una silla de ruedas: «Lo hizo un arquitecto. Ese tipo de cosas nos faltan”. No se trata, insiste, de grandes gestos políticos, sino de decisiones mínimas: «Si vas a hacer un edificio con 10 escalones, hacele aunque sea un caño para que alguien pueda agarrarse y subir”.
El Taller Protegido cuenta hoy con 29 operarios. Entre ellos hay personas sordas que trabajan como encuadernadoras, repositores, y otras tareas que realizan «con excelencia», según describe Cristina. El problema, dice, no es la formación: «Ya le enseñamos, ya sabe trabajar. ¿Y ahora dónde va? ¿Dónde la podemos emplear?».
La propuesta que viene elaborando es concreta: acercarse a municipio y medios de comunicación para instalar, mes a mes, pequeñas cápsulas educativas. «Cómo educar al soberano», lo define ella. «Mandar mensajes, explicar cosas que a lo mejor uno hace sin querer.» La idea es correrse del lugar de la lástima o del espectáculo y hablar de lo que cada persona puede hacer: «No estructurar tanto la discapacidad sino la capacidad.»
«Todos somos discapacitados. Todos tenemos un diez para hacer cosas y un cero también.»
LOS PAGOS PENDIENTES
La conversación derivó también hacia una situación que venía generando inquietud en la comunidad: el retraso en los pagos a los operarios del taller. Cristina explicó que cada asistente recibía hasta ahora 55.000 pesos de la provincia y 28.000 de Nación. Con la aplicación de la ley de discapacidad, ese monto debía actualizarse al 40% de un salario básico vital y móvil —alrededor de 100.000 pesos—, pero desde enero la transferencia no llegó.
«Los estamos esperando como con bombos y platillos», admitió. La comisión gestionó el tema ante representantes municipales y nacionales, aunque aclaró que el taller no tiene injerencia directa en esas transferencias. «Dependemos de la agencia territorial de Junín. Cuando llegue el pago, se nos avisará.» Según trascendió, en abril se abonarían los tres meses juntos. Muchos de esos operarios dependen del dinero para costear medicamentos.
Cristina se despidió apurada: el Taller Peñi Hué la esperaba con una sorpresa. Pero antes dejó una última imagen: la de una ciudad que puede elegir entre mirar para otro lado o aprender a construir rampas —y no solo las de cemento—. Esa es, en definitiva, la agenda que trae la nueva Fortinera.

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