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El diario La Nación publicó la historia de vida del trenquelauquense Andrés Vélis

Siempre apurado, presionado, exigido e incómodo. Así era el estilo de vida que había asumido como su normalidad. Hasta que en la cuarta década de su vida, el ritmo de trabajo frenético le pasó factura. Criado en la ciudad de Trenque Lauquen, en la provincia de Buenos Aires, en una familia de clase media, desde pequeño Andrés Velis (46) había sentido una fuerte atracción hacia la radio. “Mis padres hicieron grandes sacrificios para que a mi hermano y a mí nunca nos faltara nada. Mi papá Nicasio, hombre de campo, de sacrificio, hablaba poco y nada. Mi mamá Nelly, era pianista. Pero ambos, cada uno desde su lugar, dejaron una hermosa huella en mi personalidad. No puedo evitar pensar que mi pasión por la música tiene ligazón con mi mamá. Y que esas cajas con revistas que mi papá quizá dejo que encontrara rápidamente, anticipó mi llegada a la lectura. No puedo dejar de pensar que esas fueron, quizás, las influencias más importantes que tuve”.

De aquellos primeros años de vida también conserva otros recuerdos. Las tardes en el campo con su papá o la hora de la siesta, rodeado de soldaditos y juegos imaginarios, mientras empezaba a mirar de reojo ese aparato, que luego sabría, era una radio. Y al que más adelante se aferró cuando lo dejaron sentarse en el auto a escuchar el programa El Viaje Imaginario que hacía Fabian Santiago por la AM de Trenque Lauquen, y comenzar a descubrir un universo que lo atraparía para siempre.

Pero con la juventud, las buenas sensaciones comenzaron a ser cada vez más esporádicas. Aunque ya estaba orientado firmemente en su carrera laboral, después de algunos años en radios de la ciudad, algunas producciones de shows como Guillermo Cides, o Babasónicos en 1997, una Masterclass de batería a cargo de Black Amaya, entre otras actividades, Andrés Velis empezó a sentirse como un extraño en la ciudad que lo había visto crecer.

“El panorama finalmente se aclaró cuando una tarde mi mamá me dijo: lo mejor que te puede pasar a vos, es que te vayas de acá. Y siempre le hacía caso a mi mamá”. De modo que decidió mudarse a Mar del Plata. Sentía que era el lugar donde quería vivir, desarrollarse y disfrutar. Y no estaba equivocado.

La profesión, el esfuerzo y la pasión por la radio lo llevaron lejos. Trabajó en programas de LU 9 AM 670, Mega Mar del Plata, Telefe Mar del Plata o Vorterix Mar del Plata, entre otros, que le dieron exposición en la ciudad. A esa tarea se fue sumando un trabajo en la producción y difusión de artistas y shows. “Eso me permitió conocer mucha gente, vivir momentos inolvidables, cosas que nunca hubiera imaginado, y que guardo en la memoria y en mi corazón. Por supuesto que esto fue modificando rutinas, y también vínculos”.

Fue en ese contexto, mientras se desempeñaba en Vorterix, al frente del programa Buenos Muchachos, al que muchos consideran como el más escuchado en las tardes marplatenses y como socio y programador de Teatriz Club, uno de los espacios artísticos más interesantes de los últimos años de la ciudad feliz, cuando tocó fondo.

“El trabajo y la presión fueron creciendo, casi paralelamente, para terminar con mi relación de pareja primero y culminar con un accidente cerebro vascular (ACV) en marzo de este año”. Era media tarde, Andrés estaba en el estudio de Vorterix Mar del Plata, a punto de arrancar su programa Buenos Muchachos. “Recuerdo la sensación de mareo muy fuerte, sentirme a punto del desmayo y que mi amigo Jorge Djoubaili estuviera ahí para ayudarme fue casi milagroso. Luego vinieron mis amigos y socios del teatro Mariano Rubinstein y Daniel Mastrapascua, que estuvieron muy cerca mío. Estuve algunas horas internado, pero luego apareció Natalia, la mamá de mi hija, y me llevó a su casa. Si no hubiera sido así, no sé qué hubiera pasado”.

Reconoce que gran parte de su recuperación fue gracias al contexto de apoyo, afecto, y todo lo necesario para salir adelante. Pasó 40 días en cama porque estaba siempre mareado, había perdido el equilibrio, y tuvo que aprender casi todo de nuevo. “Natalia es la mamá de mi hija Sofía, y una de las mejores personas que tuve la suerte de conocer. Fueron ocho años de relación y es necesario decir que Natalia me salvó dos veces la vida: cuando me dio a la maravillosa Sofía, y cuando, ya separados, luego del ACV me llevó a su casa y me cuidó por casi 45 días. No podría estar más en deuda con alguien”. De a poco volvió a caminar sin miedo, después a trotar y más adelante a correr y jugar al fútbol. En julio finalmente regresó a la radio, y a trabajar en las cosas que lo conectaban con el bienestar.

En retrospectiva, Andrés comprende que, sumergido en la vorágine de las obligaciones y los compromisos laborales, no sabía exactamente quién era, no tenía conciencia de lo que tenia, y que buscar la respuesta a aquellos interrogantes supuso un costo importante. Pero tomó lo vivido y lo transformó en un aprendizaje.

“Fundamentalmente aprendí a sentir primero, y luego pensar. No soy una persona religiosa, pero si me convertí en alguien muy espiritual, o por lo menos en ese camino estoy, trato de ver las cosas con optimismo y evitar discusiones. Entendí que casi todo puede esperar y que debo ocuparme de mi salud física y mental, mi alimentación y el descanso. Un día a la vez”.

Hoy Andrés vive en un departamento en el centro de Mar del Plata, que comparte tres días a la semana con su hija Sofía. Además, van a la plaza, el mar, escuchan las canciones de La granja de Zenón y obras musicales. “Antes yo estaba siempre apurado, presionado, exigido, por supuesto incómodo. Y ahora tengo total conciencia de mi lugar, de mi cuerpo y mis prioridades están claras. Creo que soy una mejor versión de quien solía ser. En todo sentido. Tenía que cambiar. La pandemia, y luego el problema de salud me hicieron ver todo diferente”.

Formó Agencia Pop para trabajar en equipo el desarrollo de artistas o marcas, muchos del exterior, para poder trabajar virtualmente y de manera más calma y programar espacios. Pero con la tranquilidad de poder funcionar desde los momentos libres, y disfrutar verdaderamente el tiempo con su hija Sofia de 4 años, quien atravesó en muy poco tiempo tormentas fuertes. “Aprendí a decir que no, a que nada es tan urgente, a diferenciar lo importante de lo innecesario, a vivir un día a la vez. Sigo haciendo mi programa Buenos Muchachos, contento como cuando tenía 15 años. Y, aunque desde afuera no se note mucho, no soy el tipo que solía ser”.

Diario La Nación