Pueblos

San Mauricio, un museo a cielo abierto

San Mauricio fue un lugar de muchos, de todos se podría decir, o quizás nunca fue de nadie. Pienso eso como abstraído, cuando los restos de piedras y ladrillos hacen ruido debajo de mis zapatos y me devuelven a la realidad. A la mañana de domingo, con nubarrones pesados que nunca dejan lugar al sol. Estoy junto al historiador Alberto Orga, caminando sobre las ruinas de lo que fue una de las iglesias más emblemáticas del oeste bonaerense en el pueblo de San Mauricio, un lugar que pudo ser lo que no es.

San Mauricio es un pueblo del distrito de Rivadavia, cerca de la ruta 70, a 20 kilómetros de la ciudad cabecera, América. Fue el sueño de una familia de inmigrantes italianos que la edificaron sobre las tierras que habían pertenecido a los pueblos originarios, pero albergó a musulmanes, mestizos, criollos y familias de la aristocracia lugareña. Fue un mojón ineludible para la Iglesia Católica que celebró allí una de las jornadas ecuménicas más importantes de la historia moderna presidida por el mismísimo capellán de las fuerzas que Roca envió al desierto. Una señal que la Iglesia había llegado para quedarse, que todos estos nuevos habitantes serían evangelizados.

San Mauricio fue todo eso, fue de los pueblos originarios, de los criollos, de los inmigrantes italianos y de los evangelizadores. Como un nacimiento épico fue de todos, y luego no fue de nadie. Hoy es un museo a cielo abierto, con edificaciones que son un tesoro vivo pero que luchan para sostenerse de pie, al menos en pedazos; con senderos que cuentan historias, con carteles que señalan lo que ya no se lee, con una historia inmensa que habita en cada rincón.

Orga es un historiador pero además un hombre que respira San Mauricio. Habla con nostalgia del pueblo, dice que es “un lugar mágico, con una fuerza especial” y le creo. El próximo 22 de septiembre el pueblo cumplirá 134 años. La fecha de fundación está asociada al santo cristiano San Mauricio, aunque también hay que recordar que el fundador de la ciudad se llamó Mauricio Duva. La historia cuenta que él y su hermano Jacinto bajaron de los barcos provenientes de Italia y durante uno de sus viajes de aventurero se le averió su carro en las tierras que hoy son San Mauricio, y consideró oportuno fundar un pueblo.

Aún no existía el partido de Rivadavia ni la ciudad de América. Allí se construyó una iglesia fastuosa (en su puerta aún se lee la fecha de inauguración 1892) y la casa de los Duva de 400 metros cuadrados es un verdadero palacio con características de ensueño patios de invierno, sala de lectura, sala de armas, mármoles de carrara y algunos artistas moldearon paredes y cielorasos. Le siguió la farmacia, la panadería, el club, la cancha de paleta, el almacén de ramos generales, el hotel y todo el auge de una ciudad nueva que quiso ser la cabecera del distrito y donde llegó la luz eléctrica antes que el resto del partido. Un par de decisiones desacertadas, dice Orga, fueron el principio del fin: la construcción de la estación de trenes a 4 kilómetros (para la época era una distancia enorme) y la venta tardía de los lotes inmobiliarios favorecieron a otras ciudades cercanas.

“El momento de quiebre comienza en 1910, la designación de América como cabecera fue un duro golpe del que no se pudo sobreponer, se hicieron remates que fracasaron, no hubo una buena visión inmobiliaria en el comienzo”, relata Orga. Luego llegaron las contingencias que fueron determinantes como la ceniza del Volcán Quizapú que afectó a todo el noroeste pero en especial esa zona, las sequías y luego las inundaciones. El esfuerzo de los Duva por sostener el pueblo le implicó el deterioro de su economía familiar y vendieron las tierras hacia la década del 30. Jacinto murió en esa zona pero fue sepultado en Trenque Lauquen, aunque en la actualidad ese panteón familiar está vacío. Su hermano Mauricio falleció en un accidente en la ciudad de Buenos Aires. Parte de la familia regresó a Italia y tras el fallecimiento de Catalina Marino, la última descendiente (“tuve el honor de llevar una manija de su féretro” recuerda Orga) no quedan rastros de personas vinculadas a esa familia. Hace unos años, las nuevas generaciones que residen en Milán, Italia, viajaron para conocer los vestigios del sueño de sus antecesores.

Orga es un apasionado y entonces nunca deja de señalar cosas sorprendentes: los restos del viejo club que hasta en la década del 60 albergaba bailes familiares “yo recuerdo los bailes con Lito Rodríguez que era una cita imperdible. Esto se quemó y también claro contribuyó a la caída y deterioro de la ciudad”. También hacemos una visita guiada por la estación del Ferrocarril y el embarcadero uno de los pocos en todo el país que se sostiene de pie. Era el lugar en el que se cargaba la hacienda a los trenes.

También pasamos por la plaza principal, donde se erige un roble que fue plantado por el mismísimo Mauricio Duva y de un retoño traído de Monte Murro, provincia de Potenza, Italia Lo llaman el “roble centenario”. Luego por la panadería, el correo, el hotel, los almacenes de ramos generales y los boliches donde los parroquianos compartían sus horas, regadas seguramente con bebidas que hacían la vida más llevadera en aquellos años duros para la gente de campo, ya que la economía del lugar siempre giró en torno a la actividad agropecuaria.

 

Futuro

El historiador cree que algo se podría hacer para evitar que se derrumbe todo, conservar aunque sea lo que medianamente queda en pie porque en un futuro “que veo próximo” alguien dirá “aquí había un pueblo y edificaciones que ya no están y seremos nosotros los responsables de no haberlo cuidado”.

Hace unos días en un diario nacional se publicó una nota sobre 2500 pueblos a punto de desaparecer en el país. San Mauricio estaba en ese listado.

El sol finalmente no va a salir. Hace frío, agosto llegó con temperaturas bajas. Es el momento de marcharse, como tantos que llegaron a San Mauricio en la búsqueda de un futuro mejor, de una vida de ilusión y emigraron por la falta de oportunidades y de horizonte. En esa encrucijada se debatió el pueblo durante estos 134 años, la tierra que quiso ser de todos y no fue para nadie.