Pueblos

Victorino de la Plaza: una estación con historia

En el partido de Guaminí, se fundó en 1911. Su deterioro comenzó en la década del 70 cuando se interrumpió el servicio de tren. Todos sus habitantes emigraron años más tarde.

El campanario en lo alto de la capilla San Rafael se erige como un vigía en la llanura de la pampa húmeda. Un custodio del tiempo que ha contemplado la salida y puesta del sol; una metáfora de los días de júbilo y bullicio, a los de silencio y desazón, que atravesó la estación en la que encuentra anclada: Victorino de la Plaza.

La historia oficial señala Victorino De La Plaza era una estación Ferroviaria ubicada en la localidad que surgió luego de la construcción de dicha estación en 1911. La familia del ex presidente de la Nación tenía propiedades en ese lugar del partido de Guaminí y se convirtió en punta de riel, con una infraestructura de avanzada para la época.

La pujanza de los vecinos hizo crecer el lugar, con una escuela, una capilla, un club y viviendas que pertenecían al personal ferroviario y de los que prestaban servicios. La decisión del Estado nacional en 1977 de levantar las vías e interrumpir el servicio de trenes, fue determinante. Hoy sólo hay ruinas de un tesoro histórico que el viento, la lluvia y la hazaña de los que despojan todo se ha llevado.

Pero junto con la fuerza que hacen esas paredes endebles para no caerse y resistir al tiempo, están también las historias de los viejos pobladores. Uno de ellos es Héctor Horacio “Toto” Cardoso, de 82 años. Hijo de inmigrantes portugueses nació en la comunidad rural de Victorino, y vivió allí hasta hace algunos años. Hoy reside en Casbas, donde nos recibe para hablar del pasado. Lo hace con tanta pasión que en sus ojos por algunos minutos revive la comunidad que fue el sueño de muchos, y hoy es un pedazo de historia a la vera de la ruta 33.

“Mis padres llegaron en 1913 y se radicaron allí en 1918 y ahí nacimos todos”. Toto es el menor de 9 hermanos, se criaron en una vivienda precaria recuerda donde no sobraba nada. “Cuando mi familia llegó aquí se estaba fundado el pueblo y había mucho por hacer”.

Nuestro entrevistado es la historia viva del lugar. Como nadie vio nacer y morir la Estación. Entonces lo seguimos escuchando: “En Victorino estaba la estación formada, las casa del personal estable, el jefe de estación, el auxiliar, el campista y el encargado de depósito de máquina. En el año 37 se fundó el Club, uno de los primeros de la zona. Después llegó la escuela y la capilla, sin cura  por supuesto”.

Toto recuerda que existían los remates ferias, y que la llegada del tren semanalmente era una fiesta para la gente que se vestían con sus mejores ropas para ir a ver a los que llegaban.

 

 

“Nunca fue un pueblo porque lo absorbían los otros pueblos, había un plano de lo que iba a ser un pueblo pero nunca se logró” dice Cardoso y recuerda que “la gran ruptura fue cuando dejó de circular el tren en 1977 y se quitaron las vías”.

Hubo movidas para evitar que todo se destruyera. Se formaron comisiones con la intención de salvar el club que reunía a los vecinos, pero finalmente todo se detuvo. La estación del Ferrocarril pasó a ser una pieza de museo, al igual que el gran taller de reparaciones y la playa en la que los trenes giraban; las casas de los ferroviarios, la capilla y todo. Sólo queda la escuela funcionando con los alumnos de la comunidad rural.

“Me gustaría que el club la capilla y la escuela se mantengan como están”, dice Toto. Son las dos construcciones que más han soportado el paso del tiempo.

La última vez que se recuerda vida en este lugar fue durante la celebración del centenario en 2011. “La  gente quedó afuera no podían entrar todos”, y de esa multitud no quedó nadie. Hoy el viento hace ruido en las alambres, en las ventanas rotas, en las piezas de museo que alguna vez fueron un sitio lleno de sueños e ilusiones de los que vinieron a hacerse la América e hicieron raíces. Las paredes se caen, las historias aún quedan en Victorino de la Plaza.