El cura trenquelauquense que fundó San Lorenzo en Mozambique

En diálogo con La 96.5 FM, habló de fútbol, fe y esperanza en medio de la pobreza y las dificultades cotidianas.

Guillermo Gómez, de 51 años, es sacerdote de la diócesis de 9 de Julio y desde hace poco más de un año vive en Quillache, en el norte de Mozambique. Llegó con ocho pelotas de fútbol y, sin planearlo, replicó la historia fundacional de San Lorenzo de Almagro: sacar a los chicos de la calle con una pelota. Desde allá dialogó con La 96.5 FM en una charla que recorrió el fútbol, la fe, la pobreza y la educación.
En el origen de San Lorenzo de Almagro hay una escena fundacional que atraviesa el tiempo: la de Lorenzo Massa en 1908 abriendo el Oratorio San Antonio para sacar a los pibes de la calle y alejarlos del peligro mientras corrían atrás de una pelota. Más de un siglo después, esa misma lógica —la de proteger, incluir y ofrecer un lugar— volvió a aparecer, pero a miles de kilómetros de distancia, en el norte de Mozambique, de la mano de otro cura argentino. Nuevamente, con una pelota y los colores azulgranas como punto de partida.
«Todo comenzó con una pelota de fútbol», le cuenta Guillermo Gómez, de 51 años, nacido en Trenque Lauquen, a Clarín. Hasta mayo de 2025 era cura en Lincoln, Provincia de Buenos Aires. Antes de partir a África, en su despedida en su ciudad natal, le acercaron una pelota hecha por la cooperativa «El Pase», dedicada a presos en proceso de reinserción. No imaginaba entonces que ese gesto mínimo iba a replicar una historia centenaria.
Lo que sigue es la charla que Gómez sostuvo con la 96.5 FM desde Quillache, parroquia San Pedro, provincia de Nampula, norte de Mozambique.
— Guillermo, ¿cómo es la vida ahí?
-Tengo ganas de volver porque en Trenque Lauquen y en muchas comunidades donde he estado como cura tengo muchísima gente querida, y no hay nada como la tierra natal. Pero la verdad es que soy profundamente feliz en el lugar donde estoy. Los africanos me han recibido muy bien y podría quedarme acá sin demasiados esfuerzos.
— ¿Cómo fueron esas primeras pelotas que te regalaron antes de partir?
-Me regalaron ocho pelotas de fútbol, no sólo una. Cuando las recibí pensé ‘¡qué lindo!’, pero por otro lado me pregunté: ‘¿dónde meto esto? Tengo que llevar un montón de cosas’. Y así fue. Cuando llegué y me empecé a acomodar —vivo en una habitación de dos metros y medio por tres, con cama, escritorio y una silla para la ropa—, lo primero que hice fue inflar una pelota. Como era sábado a la mañana y había gente de la catequesis, la tiré en medio de ellos sin decir nada. Hubo un momento de silencio, como si el tiempo se detuviera, y enseguida aparecieron sonrisas y expresiones en macúa. Comenzaron a jugar. Eso fue el inicio.
— ¿Cómo siguió esa historia hasta llegar a los colores azulgranas?
-Cada día los chicos venían diciendo ‘padre, me empresta bola, padre, me empresta bola’. Alguien me dijo que teníamos que formar un equipo, y que la mayoría de los mejores jugadores venían a la iglesia católica. En otro momento me preguntaron si algún club argentino nos podría ayudar. Empecé a tirar hilos. Me respondió la Peña Azulgrana de Lincoln, de la comunidad donde era cura. Así fuimos gestionando y haciendo que algo fuera posible.
— Messi, la camiseta argentina… ¿qué tan presente está el fútbol allá?
-Acá no hay televisión, no ven fútbol por cable ni internet como hacemos nosotros. Pero Messi es una estrella. En ninguna parte del mundo he visto tantas camisetas de la selección argentina como en Mozambique: se venden en las ferias, en el mercado, por todas partes. Y la cara de Messi aparece en la tapa de los cuadernos escolares. Todo el mundo lo conoce, sin haber visto prácticamente un partido.
— Más allá del fútbol, ¿en qué otros frentes estás trabajando?
-Además de la evangelización, hay dos cosas fundamentales: lo deportivo y la educación. Estamos construyendo un salón, ya llegamos al techo. Ahí va a funcionar la Escolinha, una escuelita para chicos de tres a cinco años, y aulas de alfabetización para adultos, especialmente para la mujer. Acá la mujer tiene pocas posibilidades: su vida está reducida a las tareas del hogar y a la mayamba, que es la huerta, y ahí se termina todo. Necesitan aprender portugués para poder salir de esa realidad.
— ¿Qué tan dura es la vida cotidiana en Quillache?
-Todo presenta una dificultad, constantemente. Las lluvias de noviembre a marzo ya nos llevaron el puente que nos comunica con la ciudad. Ahora estamos incomunicados; cada vez que hay que salir, cruzamos el río a pie. Estoy esperando un camión con materiales de construcción: descargaron todo, la gente cruza el río, vuelven a cargar, llega acá. Así traen la comida, así pasa una moto, así pasa un enfermo. El monte, la falta de agua, el hambre. La realidad es dura.
— ¿Se ven perspectivas de cambio?
-No se ven. Los jóvenes están cansados: sus expectativas de vida son muy limitadas. Antes de que yo llegara hubo manifestaciones importantes después de las elecciones; los jóvenes incendiaron comisarías, delegaciones municipales, como expresión del cansancio de la pobreza, sin demasiada visión de que las cosas puedan cambiar.
— ¿Qué tienen tenemos en común las personas de acá y de allá?
-La educación, el acompañarnos como familia. Son elementos esperanzadores. Y siempre me acuerdo de la Madre Teresa cuando le preguntaban si lo que hacía iba a terminar con la pobreza. Ella decía: ‘Esto es una gota de agua en el mar, pero si esa gota no estuviera, el mar tendría una gota menos’. Uno se lanza así, sin poder medir cómo los pequeños actos pueden ser una posibilidad de cambio: un niño que se eduque, un joven que crezca en el deporte, que tal vez tenga alguna otra oportunidad.
— ¿Cuándo pensás volver?
-En nuestra diócesis, la de 9 de Julio, tenemos necesidad de sacerdotes. Así lo habíamos hablado con mi obispo desde el comienzo. Volvería porque me necesitan allá, no porque quiera irme de acá. La verdad es que podría quedarme en Mozambique sin ninguna dificultad. Pero uno va donde lo mandan.

Otras noticias

hcd
Pampero
famyl
reims