Durante el último concierto de orquestas pertenecientes a la Escuela de Música, una foto llamó la atención del repertorio de imágenes de prensa. Una directora, de pie frente a sus músicos con la batuta en la mano de aspecto muy juvenil que rompe con el tradicional estereotipo del señor entrado en años, con canas y de saco cruzado.
Sin embargo, Lucía Corzo se encarga rápidamente de aclarar: “Tengo 26 años” y subraya que todo el mundo “le da menos”. A pesar de su corta edad, y de su imagen aún más juvenil cuenta con un amplio recorrido y una vida que sólo se puede leer en clave musical.
Lucía nació en San Martín de los Andes, pero vive en Trenque Lauquen desde los tres años. Su familia es de Buenos Aires y se mudó por trabajo a nuestro pueblo. Tenía ocho años cuando una orquesta llegó al cine Barrio Alegre, su madre la llevó al concierto y una imagen le cambió la vida: un niño de su edad tocaba el violín y «dije yo quiero hacer eso». El primer paso para cumplir ese sueño fue anotarse en la Escuela Municipal de Música.
Pero como todo en la vida, hubo un momento, ya adolescente, en que quiso dejarlo. «Uno es adolescente, te cansás, o la vida», cuenta. Su mamá no se lo permitió: le pidió que le diera una oportunidad más. «Dije bueno, está bien, te hago caso y acá estoy. Así que gracias, mamá.» Cuenta que su familia siempre la apoyó e hizo todos los esfuerzos, a pesar que siempre fue considerada una carrera que no da plata y que muchos padres influyen sobre sus hijos para estudiar profesionales bien pagas.
UN DIRECTOR QUE LE PASÓ LA ORQUESTA
Como violinista integró las orquestas de Trenque Lauquen, la infantil, la juvenil y la sinfónica bajo las órdenes del gran Daniel Virsi, «mi director toda la vida». Fue él quien le dio sus primeras prácticas de dirección en la orquesta juvenil, durante el último año del colegio secundario. Para entonces ya sabía que no iba a poder irse a estudiar a Buenos Aires por una cuestión económica de su familia, y buscó la forma de aprender desde acá de manera remota.
En 2019, ya con el colegio terminado, el maestro dejó la juvenil y se la pasó. Ella tenía 18 años.
A la vez empezó una tecnicatura en dirección de orquestas y coros infantiles y juveniles en Avellaneda, de cursada virtual, y viajaba a rendir los exámenes. Después quiso seguir con la licenciatura, que allí no existía. Aprobó un ingreso que describe como «súper difícil» en la Universidad Nacional de las Artes, en Buenos Aires, pero ir y volver cada semana significaba dejar su trabajo con la orquesta juvenil, y no se animó. Se quedó con las materias teóricas virtuales y siguió en Trenque Lauquen un año más.
En 2023, su papá empezó a trabajar en Entre Ríos y la familia consideró mudarse. Ella buscó qué podría estudiar allí y encontró la licenciatura en dirección orquestal de la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe. Con la tecnicatura y las materias aprobadas, entró directamente en tercer año, y la cursó durante tres. Mientras tanto no paró: hizo cursos en Buenos Aires, en Villa La Angostura y en Córdoba, y participó en concursos con las orquestas profesionales de Santa Fe y Entre Ríos, que consistían en dirigir una obra. «Me moví un montón», resume.
Hizo mucho esfuerzo y kilómetros para cumplir su sueño de estudiar la carrera de dirección orquestal.
DE VUELTA, Y SOLA
Este marzo regresó a Trenque Lauquen, esta vez sin su familia. «Dije este es el momento para independizarme.» Quería un lugar tranquilo. En el ambiente de las orquestas, dice, hay mucha competencia: «Necesito tomar distancia de esto, necesito empezar a construir lo mío y ver qué perfil de directora quiero ser».
Solo le falta la tesis, que defenderá en Santa Fe. La dedicará a investigar la orquesta de tango de la Escuela Municipal de Música de Trenque Lauquen.
El violín sigue siendo el principal instrumento de su vida, y lo toca en la sinfónica y en la orquesta de tango. En la big band toca la flauta traversa. También enseña violín en la Escuela de Música.
Al terminar el colegio hizo algo poco común para quien quiere dirigir: se anotó flauta traversa, trompeta, etc. pasó por varios instrumentos “me iba a parar adelante de distintos músicos con distintos instrumentos», explica, y quería saber cómo suena cada uno, cuáles son las primeras notas, qué es lo más difícil. Para ella, la cuerda gana.
Hoy dirige la preorquesta, una orquesta de formación que reúne a jóvenes y adultos que empezaron a tocar un instrumento en la escuela el año pasado o este. Son, dice, «los primeros pasos» antes de sumarse a la juvenil o a la sinfónica. A eso se suman los coros de niños y de jóvenes de la escuela. En el concierto del Teatro Español, la orquesta sinfónica, que conduce Martín, le dejó tres obras: dirigió una y las otras dos fueron de la preorquesta junto a la sinfónica.
«CON AMOR»
¿Es más difícil dirigir que tocar? «Un montón», responde. Hay que saber de música, pero también de liderazgo y manejo de grupo, y a ella eso le encanta. ¿Más bien de mano dura? «Con amor, pero sí.»
¿La afecta ser joven y mujer? Dice que no, que en los lugares donde estudió la gente la respetó por lo que sabe. Admite, igual, que en la sociedad la autoridad de una mujer suele cuestionarse mientras que al varón se le concede como una licencia. «Uno va, estudia, hace lo que tiene que hacer y yo me paro. Cuando me tengo que parar, me paro, porque si no, te pasan por arriba.»
Su futuro, por ahora, está en Trenque Lauquen. Estudió muchos años y necesita poner en práctica lo aprendido. Le atraen las orquestas de formación y la docencia: acaba de terminar una suplencia de dos semanas en un colegio, su primera experiencia en una escuela, y le gustó. «Me gusta enseñar y me gusta poder ver de qué manera transmitir lo que aprendí», dice. Le gustaría sumarse a seminarios con orquestas de todo el país y ser parte de quienes educan a las orquestas infantiles y juveniles.
Fuera de los ensayos, escucha lo que escucha casi todo el mundo: Charly García, Miranda, todo. Hay una trampa del oficio que evita: «No analizo musicalmente porque si no, no se descansa». Tampoco cree que la música académica sea para pocos. En la Escuela de Música, cuenta, conviven la académica y la popular, y se acostumbró a vivirlas como algo normal.
Ese vínculo con la escuela viene de chica. Los chicos ensayaban en un galpón, y ya lo valoraban todo. Cuando consiguieron el edificio de la entrada del parque, tras la campaña del presupuesto participativo, recuerda: «Fascinados». Hoy, dice, la ciudad lo valora. Ella, como tantos otros, encontraron una carrera y una manera de ver y vivir la vida en esas salas de ensayo que tanto le dan a Trenque Lauquen.








