Casa San Martín: una ventana al centro de la ciudad

Amparo Feito y Andrés Mazzoccone, convirtieron el living de una casona antigua frente a la Plaza en una galería de arte que da a la vereda. Ella es arquitecta; él, casi ingeniero electrónico.

Primero fue una prueba. Una luz fucsia, unas miniaturas de muebles impresas en 3D, unos andamios y ladrillos diminutos, y una cortina que se corrió para ver qué pasaba. Nadie les explicó nada a los que pasaban por la vereda, y ese era el desafío. Algunos creyeron que se trataba de un local de ropa; otros, de una tienda de velas.
Así empezó el Proyecto Ventana, la primera propuesta de Casa San Martín, el espacio que Amparo Feito y Andrés Mazzoccone abrieron en una de las casas más antiguas de Trenque Lauquen, justo enfrente de la Plaza San Martín. La idea es simple y a la vez poco habitual: el ventanal que antes cerraba el living, ese cuarto íntimo que daba a la calle, ahora funciona como un escenario donde cada mes se exhibe la obra de un artista distinto local o de otro punto del país.
«Nos pareció que estaba buenísimo que vos atravieses la ciudad y de repente te cruzás con eso, y el que se interesa se detiene y lo mira», cuenta Amparo en una entrevista con FM Tiempo 91.5.
ARTE SIN PUERTA
La casona es, ante todo, su lugar de trabajo. Ella proyecta y dirige obras; él trabaja en informática. Los dos pintan, pero viven de otra cosa, y eso, dicen, les dio libertad para pensar el espacio sin apuro ni urgencias comerciales. Empezaron en diciembre del año pasado y se propusieron sostener el ciclo durante un año completo antes de pensar en otra cosa.
La ubicación es estratégica. Emplazada en “la city” entre los bancos comerciales donde la gente entre semana corre y realiza trámites, el ventanal se asoma como un oasis de libertad, aire y belleza para el público de todas las edades, para muchos incluso que no visitarían un museo para ver esas muestras. «No hay que entender nada. Hay que solamente aprovecharlo», resume Andrés.
Las muestras duran un mes y se eligen por contraste: pinturas de tres metros y dibujos pequeños, tinta, óleo, instalaciones. Que una no se parezca a la anterior, que se vea fresco. Algunos artistas son de Trenque Lauquen; otros, de Buenos Aires, y varios ni conocían la ciudad antes de exponer. Los dueños de casa se ocupan del montaje, la curaduría y la iluminación, y cada muestra lleva una biografía del artista y un texto breve que da contexto. Además, dejan registro en redes, aunque insisten en que nada reemplaza verlas en persona: «Ves el tamaño, el color cambia, el gesto», explica Amparo.
La muestra que se exhibe en estos días es Federico Avalo, un pintor de Buenos Aires que, cuentan, estaba muy contento de exponer en nuestra ciudad. La próxima será de otra artista porteña, integrante del mismo taller colectivo, y el ciclo cerrará con una artista local.
DOS CARRERAS, UN MISMO ENCUENTRO
Sus caminos se cruzaron en las aulas de artes visuales, en Buenos Aires. Cada uno había terminado, o casi, una carrera muy estructurada, y encontraron en el arte otra forma de educarse. «Empezó como un hobby, como un interés muy intuitivo», recuerda Andrés, que estuvo cerca de recibirse de ingeniero electrónico. Amparo (arquitecta), nacida en Trenque Lauquen, siempre había dibujado y pintado, pero fue en Buenos Aires donde descubrió, dice, «un mundo nuevo», y un día se anotó en la UNA.
Hoy pintan cada uno a su manera. Ella se interesa por lo onírico, por ese territorio entre la realidad y la fantasía que habitaron las surrealistas y el realismo mágico; también juega con las sombras, dice. El prefiere el óleo, las atmósferas, las texturas y los colores, y arrancó con cursos de pintura abstracta. A veces, dice, no empieza con una idea cerrada: la forma aparece a partir de lo azaroso, como hacían los surrealistas con sus manchas de agua.
¿Qué tienen en común un ingeniero y una pintora? Andrés lo piensa como una fuga: «Se trata de romper con lo tan estructurado de una carrera; las artes vienen a romper con lo establecido. Te libera».
VOLVER A TRENQUE
Llevan dos años en la ciudad y todavía se están acomodando. Amparo regresó a su pueblo, más grande y más construido que el que dejó. Le fascina el crecimiento arquitectónico, la cantidad de obra nueva y de buenos diseños, y aunque le gusta proyectar, lo suyo es ejecutar: «En el detalle vas viendo cosas que en el proyecto te quedás corta». Andrés, que no es de acá, dice que se adaptó «súper bien» al ritmo de pueblo.
También se enamoraron de la tradición muralística local. Ellos mismos pintaron cuatro o cinco murales, siempre en interiores y patios privados, y valoran esa dimensión colectiva del arte callejero: «Se suele asociar la pintura con un trabajo muy solitario, y el mural rompe con esa idea».
Una de las muestras que más los marcó y que más interés recogió del público que pasa por la vereda, fue la que armaron por el aniversario de la ciudad, fuera del ciclo mensual: dibujos de las fachadas más icónicas, como el cine y el hospital, expuestos durante un solo fin de semana. «Te acostumbrás a caminar la ciudad y no prestás atención a algunos detalles; al verlo en dibujo, se ve mucho», dice Amparo. Escucharon comentarios desde la vereda y eso, admiten, fue la mejor devolución.
LO QUE VIENE
No hacen demasiados planes a largo plazo, aunque tienen varios en mente. Primero, terminar el año de Proyecto Ventana. Después, quizás sumar charlas o espacios de aprendizaje. Mientras tanto, siguen mejorando con técnicas de iluminación y con publicaciones en redes.
Lo que más desean es sencillo: que más gente se acerque a la ventana, que haya cada vez más espacios culturales en la ciudad, que se arme una red. «Que el arte tome un rol un poco más activo en la construcción social», dice Andrés.
Las propuestas de artistas que quieran exponer están abiertas. Se las reciben por Instagram. La ventana, mientras tanto, sigue abierta.

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