Silvia Martha de la Plaza historia de familia y la memoria viva del pequeño pueblo Victorino

La memoria viva de Victorino de la Plaza. A sus 92 años, conserva intactos los recuerdos de un lugar que su padre construyó con convicción y generosidad, ladrillo a ladrillo, carta a carta. Hoy sigue trabajando por el pueblo y quiere verlo conservado.

—A mí la palabra paraje me suena mal —dice Silvia, con esa precisión de quien mide las palabras—. Un paraje es una cosa de pasada. Lo que existió en Victorino no fue de pasada. Fue vida. Vida espiritual y material.
Silvia Martha de la Plaza es descendiente de la familia de Victorino De la Plaza ex presidente de la Nación, y su padre es el autor material del pequeño pueblo del distrito de Guaminí, cerca de Garré. Tiene 92 años, vive en Trenque Lauquen y dedicó parte de su vida a esa población, aún hoy lo sigue haciendo. En esta entrevista con este diario recrea la historia del lugar y –sobre todo- destaca el papel que cumplió su padre.
Su padre se llamó Rafael de la Plaza Pérez que era hijo de Rafael Rómulo y nieto de Rafael Roque. Este era hermano de Victorino político y estadista argentino que fuera presidente de la Nación entre 1914 y 1916.
La familia era propietaria de tierras en la región, entre Tres Lomas y Guaminí. La clave, para la prosperidad del pequeño pueblo fue –dice la entrevistada- que su padre no se quedó administrando los negocios rurales desde la Capital Federal sino que se involucró en el crecimiento de la zona rural.
«Si mi papá hubiera sido otra persona que hubiera dirigido la colonia desde Buenos Aires, como todos hacían, Victorino no existía”, señala Silvia que tiene una lucidez asombrosa. Vivió en CABA hasta que se casó y se radicó en el campo de Guaminí. Es profesora de Bellas Artes y licenciada en Historia. Fue mochilera y recorrió Europa y toda la Argentina (ahí conoció a su esposo) y es una artista plástica exquisita, sus cuadros cuelgan de las paredes del living de su casa y hasta está preparando una muestra. Su energía y entusiasmo sorprenden.
LA HISTORIA CONTADA EN PRIMERA PERSONA
Cómo fue que su padre cambió la historia de Victorino. Según cuenta todo comenzó con una carta. Una maestra que daba clases en la estación del ferrocarril de Victorino le escribió al nuevo dueño de la colonia pidiéndole colaboración. Le contaba que tenía alumnos, que los dueños anteriores habían aportado alguna mensualidad, que si podría continuar con ese apoyo.
“Papá le contestó que sí, le mandó la mensualidad, y de ahí nació la idea de hacer una escuela” recuerda Silvia. La hizo él solo, por su cuenta. La inauguró en 1936 y la mantuvo durante 10 años: maestra, útiles para los alumnos, mantenimiento del edificio. Todo.
Esa escuela, construida con fondos privados y voluntad pública, sigue en pie. Funciona todavía hoy, con un único alumno. Silvia conserva las cartas que la maestra le enviaba a su padre: «Necesito tantos cuadernos, necesito tantas plumas».
En 1911 llegó el Ferrocarril General Buenos Aires —el tren de trocha angosta de los franceses, como lo llama Silvia— y con él llegó la vida. Tres veces por semana, después dos, el tren traía diarios, noticias, crema, leche, aves. Y traía también ese ritual humano y pampeano de ir a la estación a verlo llegar.
“Toda la gente cuando se iba al tren a la nochecita iba a la estación a pasear por el andén y a ver cómo se iba el tren. Era todo un festejo, porque era lo único que había”. Para darle a esa sociabilidad un hogar propio, el padre de Silvia donó el terreno y reunió a la gente. El club se construyó rápido «yo no sé cómo hacían», dice ella, con planos de un constructor de Buenos Aires y con la colaboración de toda la colonia. Mientras se edificaba, la escuela prestó sus instalaciones para las primeras reuniones de la comisión directiva. El edificio resultante es un gran salón luminoso que no sólo resiste el paso del tiempo, sino que un grupo de voluntarios lo restauró recientemente.
LA CAPILLA Y EL SANTO
La última de las tres obras en las que intervino su padre vino en 1951. La capilla de San Rafael se levantó por colecta pública: una comisión recorrió los pueblos de la región y reunió los fondos necesarios. El diseño, de líneas singulares y bellas, tiene una historia particular que Silvia cuenta con algo de orgullo.
“Mi papá se crió en Galicia, era argentino pero la madre murió y los abuelos no lo dejaron volver. Vino después para el campo. Y él tenía la idea de hacer la capilla de piedra, como las iglesias de allá. Me tenía loca dibujando capillitas de piedra. ‘Pero papá, acá no hay piedra’ le decía. Así que al final yo hice los planos y se construyó diferente, pero con ese espíritu”.
La imagen de San Rafael —tallada íntegramente en madera por un escultor porteño, con detalles dorados y plateados— presidió la capilla durante décadas. Cuando comenzó el éxodo de las familias y ante el temor de robos y daños fue retirada y años más tarde fue donada a la Parroquia de Trenque Lauquen, «entrando a la izquierda», como indica ella con la precisión de quien sabe exactamente dónde están sus cosas. Los bancos fueron donados a una iglesias de Ingeniero Thompson en Tres Lomas.
Silvia insiste en rescatar la figura de su padre: «Sin él no existiría la escuela, el club ni la capilla. Pero nadie lo menciona. Parece que todo hubiera crecido por generación espontánea”.
EL CENTENARIO
En 2011, al cumplirse 100 años de la llegada del tren a la zona, la municipalidad organizó una fiesta que superó toda previsión. La policía debió cortar el tránsito a varios kilómetros del lugar porque ya no entraba más gente. Llegaron familias que hacía décadas no pisaban Victorino. «Fue una fiesta hermosa», recuerda Silvia.
Ese entusiasmo derivó en algo concreto: en 2012, Silvia y sus hermanas donaron el club, sus terrenos y los linderos a la Municipalidad de Guaminí, con la condición de que se conservara el espíritu para el que fue construido. Años después nació la Asociación Civil Amigos de Victorino, que con asados, rifas y fines de semana de trabajo voluntario está restaurando el edificio: chapas nuevas, paredes pintadas, ventanas refaccionadas y viene cumpliendo ya con 50 jornadas de trabajo intenso.
“Victorino con su gente siempre pasó que se pega un grito y vienen todos. Vienen todos, no solamente para comer, para trabajar” dice Silvia con la autoridad de los años sobre sus espaldas.
Ahora hay una nueva meta: un mural en la fachada del club, encargado a la artista Magui Delfino. Silvia, que estudió Bellas Artes y Licenciatura en Historia de las Artes en la UBA, fue profesora de francés y pintó durante décadas los paisajes de su campo, coordina desde Trenque Lauquen. No pinta las paredes, aclara, pero trabaja desde acá en muchas cosas.
Antes de despedirse, se le pregunta si le hace bien estar tan activa a los 92 años. La respuesta llega sin pausa:
—Yo no puedo dejar de estar activa. Nunca dejé de estar activa, jamás. Si no, no hubiera llegado así.
En la pared de su casa, los cuadros del campo la miran. Todos pintados por ella, cada uno retrata una porción del campo que ya no habita: las plantas, la parra, la casa, el galpón. Los lienzos colgados frente al sillón se dibujan como ventanas abiertas que devuelven el verde rural, el aroma de las plantas y la brisa del viento de otoño. Su lugar, su campo y su Victorino de la Plaza. «Para mí es un lugar», insiste. No un paraje. Un lugar donde se vivió.

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